Javier Gomá

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Por Mª José Alés

 

 

Tenemos en Opticks el privilegio y el placer de entrevistar a Javier Gomá, Doctor en Filosofía, licenciado en Filología Clásica y Derecho, autor de numerosos libros y director de la Fundación Juan March.

Por sus libros y artículos comprobamos que Javier Gomá es partidario de buscar razones que contribuyan a eliminar aquellas “cuerdas” que nos impidan ser y desarrollarnos como seres humanos libres e iguales; libertad e igualdad que hemos de lograr juntos.

Con enorme amabilidad y simpatía explica para nosotros algunas de esas razones.

 

 

En sus libros, Ud. habla mucho de ejemplaridad. En concreto, uno de esos libros se llama  “Ejemplaridad pública”. Sin embargo, en la sociedad actual la conciencia de la ejemplaridad no parece ser lo más común.

Aunque no lo parezca en apariencia, te aseguro que la ejemplaridad está viva y vigente. Lo que no abundan son los ejemplos positivos.

Conviene distinguir entre ejemplos y ejemplaridad. Los ejemplos pueden ser positivos y negativos y pertenecen al mundo nuestro cotidiano. La ejemplaridad es un ideal moral, como serían “el hombre prudente” de Aristóteles, el “hombre autónomo” de Kant o el “superhombre” de Nietzsche; todos se mueven en un plano moral o teórico y se presentan como algo normativo, pero que uno no encuentra en el mundo de la experiencia.

Resulta compatible que estemos hoy observando muchos ejemplos negativos de conductas desviadas, no correctas, y, al mismo tiempo, esté vigente la ejemplaridad; que es lo que nos lleva, por ejemplo, a escandalizarnos. Nos escandalizamos porque observamos que existe una gran diferencia entre esos ejemplos y nuestra idea de la ejemplaridad. Eso demuestra que el concepto de ejemplaridad está vivo.

La corrupción que nos escandaliza es mala, pero el escándalo que nos produce la corrupción es bueno. Demuestra que tenemos sensibilidad y sentido para la regla moral  insertada en el ideal de la ejemplaridad.

Hay muchos ejemplos negativos que el organismo, que es la comunidad, un organismo sano, trata de expulsar. Es como la fiebre en una enfermedad. La fiebre nos avisa de que existe un elemento extraño, hostil que nos está dañando. Mientras nos escandalicemos, mientras tengamos “fiebre”, está sociedad podrá recuperarse, pero deberá expulsar al elemento extraño para recuperar una salud absoluta.

 

El número de Opticks en el que aparece esta entrevista, que tan amablemente nos está concediendo, responde al título de “Cuerdas”. ¿Qué “cuerdas” son, según su criterio, las que más dificultan que nuestra sociedad se recupere?

En el libro que has citado, Ejemplaridad pública, digo que lo contrario de la ejemplaridad es lo que yo llamo “vulgaridad moral”. En el hombre y en la humanidad existe una tendencia estructural a la vulgaridad. ¿Por qué elegir una virtud cuando uno puede ser salvaje, incívico, egoísta?

Hemos de convencer a la sociedad de que hay razones persuasivas para elegir la civilización y no ser un bárbaro. Esa convicción no ha de llegar a través de la coacción o la autoridad, sino de la persuasión que tiene lo excelente cuando se muestra como excelente. Eso sería la ejemplaridad.

Luego hay razones que podíamos calificar como específicamente españolas, ya que la ejemplaridad tiene mucho que ver con el buen uso de la libertad, con un aprendizaje de las normas de la libertad para usarla de manera virtuosa; y los españoles hemos tenido una experiencia limitada en el uso de la libertad, hemos accedido más tarde que otros países de nuestro entorno a las libertades políticas y públicas.

Además, a partir de los años 80, 90, nuestras carencias en el aprendizaje de esas normas provocaron que hiciéramos un uso de la libertad no refinado, más vulgar. Lo que se agudizó a consecuencia de un enriquecimiento rápido, a través de nuestro ingreso en la Unión Europea, los fondos estructurales, las ayudas sociales…, es decir, un enriquecimiento que no fue resultado del esfuerzo.

Así se nos juntó una libertad no instruida con una riqueza no debida al trabajo. Podríamos decir que la corrupción actual no es más que la vulgaridad del nuevo rico trasladada al ámbito político.

Al final lo que uno desearía es que los ciudadanos estuvieran educados para la decencia, para la honestidad y que optaran por lo bueno sin necesidad de premio y rechazarán lo malo sin miedo al castigo.

 

Una hermosa meta sin duda. Pero, ¿cómo se puede conseguir?

Intentaré aportar algunas pistas. Primero, educando para la libertad. Segundo, transmitiendo una visión culta de la historia occidental, que nos conduzca al convencimiento de que el progreso moral y material de los pueblos occidentales ha sido imparable y que, aunque el futuro no está escrito, podemos mirar hacia él con razonada confianza.

Es verdad que cualquier progreso presenta siempre dificultades. Por ejemplo, nos quejamos de que el nivel en la universidad ha bajado y que la educación, en general, no es todo lo excelente que desearíamos. Olvidamos que nos dignifica más como pueblo el hecho de que la educación, la sanidad, la solución pacífica de conflictos, la libertad, la democracia, los derechos humanos, la economía de mercado, la ciencia o la tecnología alcancen a un mayor número de personas que en la época de Leonardo, Hegel o García Morente; diferencias que se hacen aún más enormes  si retrocedemos en el tiempo.

Con lo cual no digo que este sistema no tenga dificultades, las tiene y grandes, pero incluso los antisistema reconocen que es el mejor que ha habido nunca. Por lo cual creo que tenemos razones para la esperanza y para la confianza.

 

En “Razón portería” Ud. afirma que para vencer las dificultades que presenta el progreso hemos de trabajar juntos, ser libres juntos. ¿Cómo se compagina eso con el individualismo al que parecen abocarnos las nuevas comunicaciones, por ejemplo, los móviles?

La tecnología es neutra moralmente. Un cuchillo puede servir para cortar el pan y compartirlo con el necesitado y también para clavarlo en el necesitado. Así que la tecnología puede servir para la virtud y para la barbarie. Ocurre lo mismo que con la libertad.

Lo que sucede es que hemos accedido a grandes avances tecnológicos antes de haber desarrollado las habilidades morales y sociales que nos permiten hacer un uso virtuoso de ellos. No obstante, percibo cada vez más que los propios usuarios de Internet, por ejemplo, se están autorregulando para que evitar determinados comportamientos abusivos.

Necesitamos tiempo. A mí me gusta distinguir entre la actualidad y la realidad. La actualidad es lo que ocurre en los periódicos, en los telediarios… y la realidad es lo que subyace y acaba persistiendo.

Hay problemas y los hay muy graves, pero tenemos que darnos tiempo para educarnos en las nuevas tecnologías, lo mismo que tenemos que educarnos en ese vivir juntos.

He argumentado en diversos escritos que en los  últimos dos, tres siglos, la cultura moderna se puede resumir con el principio de que ha sido una cultura basada en la liberación del yo sin presiones tradicionales. Nos hemos enamorado de nuestra libertad individual y ahora la tarea que está pendiente ya no es ser libres, sino ser libres juntos. Lo que significa que, sin renunciar a la libertad, aceptar positivamente determinados límites que favorecen la convivencia.

La cultura dominante sigue siendo todavía hoy la cultura de la liberación individual y hemos de desarrollar una cultura que nos convenza de que determinados límites no son nocivos, ni restrictivos, ni represores, sino que nos constituyen como individuos.

No es que aceptemos estratégicamente algunos límites para poder convivir, sino que lleguemos al convencimiento de que algunos límites nos constituyen y nos enriquecen. Por ejemplo, el lenguaje tiene reglas impuestas que hay que cumplir y esas reglas, lejos de reprimirnos o limitarnos, nos permiten la comunicación y la comprensión personal; por lo tanto, nos hacen más libres.

Así que tenemos que desarrollar una cultura que nos ayude a comprender que determinados límites no nos reprimen, sino que nos constituyen como individuos. Goette decía: “Limitarse es extenderse”.

 

Bien, pero quién cogerá la batuta. Porque hay filósofos, Jürgen Habermas por ejemplo, que contemplan la realidad postmoderna como una renuncia al proyecto humano originado en la Ilustración, ya que el papel de guía que los intelectuales desempeñaban ha desaparecido.

Creo que el papel de los intelectuales ha cambiado para bien. Hemos estado demasiado acostumbrados a unos intelectuales que pertenecían a la aristocracia del espíritu, en una sociedad jerárquica en la que ciertas minorías se proponían ellas mismas como patrones de comportamiento, de juicio, de criterio.

Al igual que nuestros padres o abuelos decían “esto es así porque lo digo yo”, los intelectuales invocaban la autoridad que tenían por el título o la posición académica que ocupaban, por su estamento, y el resto de la sociedad debía asentir.

Ahora, sin embargo, ser padre o madre no es solamente un hecho biológico, sino, sobre todo, un hecho moral. Ya no se puede decir “haces esto porque soy tu padre”, hay que dar razones basadas en la propia ejemplaridad del padre, de la madre, en el uso de su patria potestad. Un niño aceptará de buena gana o con mejor talante a unos padres cuya patria potestad sea ejercida de manera ejemplar, virtuosa, que inspire confianza, que a otros que invoquen su legitimidad apoyándose en un hecho biológico.

 

En ese caso y tomando a los padres como ejemplo, la responsabilidad del intelectual que ha de guiar u orientar es aún mayor.

Claro. En la época actual las fuentes de la intelectualidad son más dispersas, menos fácilmente reconocibles. Antes, si eras catedrático de una determinada materia, la sociedad te concedía de antemano un crédito de confianza. Ahora puedes ser catedrático, pero si tus razones no convencen, si la legitimidad del ejercicio de esa potestad que se te concede no inspira confianza, no basta con que invoques tu pertenencia a un estamento, valdrás lo que valgan tus razones.

De manera que hoy el intelectual es menos fácilmente identificable y, al mismo tiempo, su valía no está basada en el título ni en la autoridad, sino en el ejercicio que hace de esa autoridad y en sus razones: su vida, sus libros, su trabajo, sus artículos, sus explicaciones.

 

Finalmente, Ud. afirma que la filosofía no pretende dar “soluciones” sino “razones” que contribuyan a dulcificar la pesadumbre de la existencia. ¿Podría darnos algunas?

Hay razones geniales. Por ejemplo, el arte, según Einstein es “una promesa de felicidad”. Otra razón es la filosofía cuando verdaderamente lo es. La filosofía dignifica, debe dar razones para que la vida sea más digna de ser vivida. Lo son también las grandes causas que mueven el mundo.

A veces reinterpreto el comienzo de Anna Karenina, cuando dice aquello de que “todas las familias felices son iguales, pero, en cambio, cada una es infeliz a su manera”; yo lo reinterpreto diciendo que todas las corrupciones son iguales, vulgares, previsibles y repetitivas. En cambio, la ejemplaridad es carismática, innovadora, audaz, renovadora.

Bueno, pues poder luchar por eso, poder perseguir eso en general, igual que el arte, la filosofía, las grandes causas; poder realizar acciones extraordinarias, ejemplares, serían razones suficientes.

Además, añado otra que es más general, pero que me resulta particularmente edificante y es que, como diría Aristóteles, hay un placer en el ejercicio de las potencias y a un hombre sano le gusta ser hombre y a una mujer sana le gusta ser mujer e ir cumpliendo las diferentes etapas de las que se compone el camino de la vida.

Entonces hay veces en las que uno tiene que aferrarse al placer de ser hombre, de ser mujer, de desarrollar las capacidades y las potencias. Porque en ese ejercicio de las potencias, dice Aristóteles, está el cumplimiento último de lo humano.

 

No podríamos elegir mejor final para esta entrevista Muchas gracias y mucho éxito en su esperanzadora “siembra” de razones. Seguro que la cosecha será abundante, estamos necesitados de ella.

Muchas gracias a vosotros y mucho éxito también para vuestra revista.

 

Publicación : 09 de marzo de 2015

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