El libro que hoy traigo a Octiks, que se titula El viaje de mi padre, ha escrito Julio Llamazares y publicado la editorial Alfaguara, habla al lector de trenes y estaciones, viajeros y tragedias.
Los trenes son los que trasladaron al padre del escritor en una parte del recorrido que realizó desde su pueblo natal en las montañas de León hasta Castellón, ciudad en la que por primera vez vio el mar. Las estaciones, en gran número hoy abandonadas, son las que se encontró en ese recorrido. Los viajeros, las personas que frecuentaron esos trenes y esas estaciones; en el libro sobresalen mineros y soldados. La tragedia serán los sucesos vividos y evocados ahora por Julio Llamazares que acaecieron en plena Guerra Civil española.
El autor gusta citar a Antonio Gamoneda, que a pesar de no nacer en León, vivió allí desde los tres años y sabe de su tierra y de sus gentes.
“Éste es un tren de campesinos viejos
y de mineros jóvenes. Aquí
hay algo desconocido.
Si supiéramos qué, algunos de nosotros
sentiríamos vergüenza, y otros
esperanza”.
Corría el año 1937 y muchos jóvenes estaban siendo movilizados. El padre del escritor, el más pequeño de cinco hermanos, cuatro de ellos movilizados ya, a sus dieciocho años y estudiando magisterio, aún permanecía en casa. Un amigo de la familia, en previsión de lo que pronto sucedería, aconsejó se alistase voluntario en el Regimiento de Transmisiones para no verse obligado a ir al frente como parte de la Infantería, destino muy peligroso en aquella época.
“Mi padre apenas viajó. Pero con dieciocho años hizo por obligación un viaje que lo llevó a cruzar la península de extremo a extremo y que le marcaría para siempre, pues fue para ir a la guerra, de la que volvió milagrosamente, ya que le tocó participar en algunas de las peores batallas de la contienda civil española: la de Teruel y la de Levante… En la sierra de Espadán, en la provincia de Castellón, estuvo a punto de perder la vida. Cuando mi padre me contaba esas historias yo no le hacía mucho caso y ahora me arrepiento de ello”.
En honor de su padre, de Saturnino, el compañero telegrafista que compartió con él las penurias de la guerra y el trayecto en convoy militar, y de los que pierden todas las guerras, sean del bando que sean, Julio Llamazares ha querido repetir el viaje que realizó su padre y lo ha hecho en los mismos meses del año y por los mismos lugares, para intentar sentir lo que él sintió “pues la historia permanece en los lugares en los que sucedió como la palabra sobre la memoria”.
Son muchos los libros que he leído del escritor leonés: La lluvia amarilla, Luna de lobos, las lágrimas de San Lorenzo… En todos distingo un hálito nostálgico y el sentir de un poeta que escribe en prosa. También en éste, aunque se trate de un libro de viajes.
Hay nostalgia en las estaciones abandonadas que los poco viejos que quedan en el lugar recuerdan llenas de bullicio. Incluso, en el frío que el autor piensa debieron padecer su padre y los demás soldados en un mes de enero con temperaturas bastante más extremas que las del año 2024 elegido por él para viajar, por supuesto, en su propio vehículo, ante la desaparición de las vías que la alta velocidad dejó sin uso.
Hay nostalgia en las aldeas casi despobladas que encuentra a su paso, en algunas de las cuales sólo la iglesia recuerda otros tiempos.
Hay nostalgia y angustia en las trincheras, en las sierras regadas con la sangre de los cientos de muertos en combate, en los refugios de pueblos que evocan bombardeos continuos, en los campos trabajados hoy por gentes de distintas razas y lenguas, “Babel” las llama el autor.
Pero en El viaje de mi padre, no sólo encontramos poesía y nostalgia, es muy interesante la comparativa que Julio Llamazares establece entre el ayer y el hoy. Lo que su padre debió conocer de España en 1937 y lo que él ve transitando por los mismos pueblos y ciudades: León en invierno, Carrión de los Condes, Valladolid-Ariza, Soria, Calatayud, Teruel, Zaragoza, Caspe, Alcañiz, Morella…
Viviendas, gentes, actividades… Todo ya es diferente y son pocos los que recuerdan un pasado más o menos cruel que el escritor evoca como homenaje a un padre que le contaba historias y al que dedica el libro y una Canción de cuna que resume en unos pocos versos el sinsentido de la guerra.
“Sé que, una noche amoratada, te creció un fusil
entre las manos.
Fue como una primavera de fusiles nacida a
borbotones entre un brillo nervioso de cigarros.
¿Recuerdas?
Y tú, con los zapatos sucios de miedo y de tristeza, te
marchaste a pisar aquella España llena de
sangre y de inmisericordia”.








