De todas las novelas que he leído de Leonardo Padura, y han sido muchas, puedo decir que la que traigo hoy a Opticks es la más triste. Se titula Morir en la arena y está editada por Tusquets.
Son varias las razones por las que este libro rezuma tristeza: la historia que relata tiene como nudo central un parricidio, los protagonistas principales son muy mayores, por no decir viejos; el ambiente en el que se mueven es mísero y, lo peor de todo, el libro está basado en hechos reales.
La novela la inicia Rodolfo que acaba de jubilarse en una Habana que se cae a pedazos y es consciente de que, tras cincuenta años de trabajo burocrático, el dinero de su jubilación no le alcanza ni para malvivir una semana.
Cerca de Rodolfo vive Nora, la mujer de su hermano Geni, a la que conoció de adolescente y de la que siempre estuvo enamorado.
Aitana, la hija de Rodolfo y Violeta, la hija de Nora, como tantos otros jóvenes hace años que abandonaron Cuba. Aitana se afincó en España y Violeta en Estados Unidos. Rodolfo y Nora pueden medio mantenerse gracias a lo que sus respectivas hijas les envían.
Una parte de la historia contenida en Morir en la arena la relata Raymundo Fumero, escritor de novelas sin demasiado éxito, amigo desde el colegio de Geni (nació el mismo día y año que él) y, por ende, de Nora y Rodolfo.
El hijo de Fumero, Humbertico, oficiante de la religión yoruba, gracias a sus dotes adivinatorias y a su especial inteligencia para los negocios, goza en Cuba de una posición envidiable, por lo que también ayuda al novelista a sobrevivir.
Es Fumero el que anuncia a los demás que Geni, que lleva más de 30 años preso por haber matado a su padre de ocho martillazos en la cabeza, afectado de cáncer de páncreas, sale de la cárcel para morirse fuera.
Poco a poco, a raíz del anuncio de esa salida que trastorna a todos, vamos conociendo cómo se ha desarrollado la vida de éstas y otras personas, en paralelo a la historia de la isla, a lo largo de cincuenta años.
Fumero resume esa historia en la conversación mantenida con Geni y otro amigo durante su estancia en Guanabo, un lugar cerca de la playa a donde sus padres le llevaban de niño y al que ahora vuelve de adolescente tras la revolución.
“Debía ser el año 1971 o 1972. .. Y en esa nueva estancia fui testigo de cómo se estaba deteriorando y a qué velocidad mi paraíso infantil. Si te bañabas en la playa, salías con el cuerpo lleno de unas pústulas de un petroleo pestilente… Los puestos de comida y chucherías callejeros habían desaparecido, arrasados por la Ofensiva Revolucionaria de 1968, que intervino todos los negocios privados, incluidos hasta los sillones de limpiabotas y los carritos de churros… La arena, oscurecida por el petróleo, estaba repleta de desperdicios: Envolturas de tamales, botellas vacías, pedazos de papel o cartón, mierda de perros”.
Pese a todo, en aquel tiempo, Fumero, universitario ya, y su amigo que espera viajar a Moscú para iniciar sus estudios de Ingeniería, militantes ambos de la Juventud Comunista, estaban convencidos de que, como proclamaba el Gobierno, “eran necesarios todos los sacrificios y privaciones, pero las cosas siempre iban a mejorar”.
Sólo Geni, con un padre borracho que apaleaba de continuo y con ensañamiento tanto a él como a su madre, trabajando en tareas cada vez más degradantes para llevar a casa algo de sustento, ante el entusiasmo revolucionario de sus amigos, reacciona con un largo alegato que los dos militantes intentan rebatir. Entre otras justificaciones, apelan a la razón histórica:
“Eso, la dichosa razón histórica. Y que su razón histórica es infalible, más todavía, es la única razón y que tú, por tu bien, quieras o no, tienes que aceptarla…Pero ¿sabes lo que más me jode? Pues que me quieran engañar, que no me digan la verdad, que yo no pueda decidir por mi cuenta si Dios existe o que si dar el culo es bueno porque tú has decretado que Dios no existe y que el culo sólo debe usarse para cagar…Y no me digas que es por el bien de la humanidad, porque la humanidad también soy yo y quiero que me dejen decidir, quiero equivocarme incluso, así que no me jodas… Porque lo más jodido es que a nosotros, los que somos la humanidad, los que están arriba, da igual dónde y por qué, lo único que hacen ellos es usarnos y jodernos, por poder, por dinero, por hijos de puta que son…”.
Ese diálogo, mantenido entonces, mucho después se llenaría de todo su sentido. De varios sentidos.
La verdad es que resulta complicado resumir en no demasiadas líneas una novela con la riqueza argumental y de personajes como Morir en la arena. Diré, junto con el editor, que Leonardo Padura vuelve a ofrecernos una novela magistral, de rabia y frustración, pero también de amor y segundas oportunidades, que explica prodigiosamente cincuenta años de la vida de su país. Un país del que nunca ha querido marcharse.







