EL VERANO SIN HOMBRES

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El verano sin hombres es la segunda novela que leo de la escritora norteamericana y Premio Princesa de Asturias 2019 Siri Hustvedt. La primera, que ya comenté en Opticks, se titulaba Todo cuanto amé y en ella podíamos encontrar con detalle y en profundidad las características que definen la forma de escribir de esta escritora.
Editado por Anagrama y con sólo 224 páginas, El verano sin hombres, es un libro más  recomendable que el anterior, dada su brevedad y sencillez en el argumento, para acercarse a la obra de una mujer que se declara feminista, pero lo hace de un modo natural, sin ningún tipo de radicalismo, algo que predispone al lector, al menos en mi caso, a aceptar de buen grado los parámetros en los que se apoya.
La historia que contiene El verano sin hombres la cuenta Mia, su protagonista, y se inicia cuando ésta, una poeta y profesora universitaria de 54 años, sale del hospital psiquiátrico en el que permaneció durante semana y media aquejada de psicosis reactiva; alteración mental que le provocó el abandono de su marido, Boris, prestigioso neurocientífico sesentón que, después de treinta años juntos, la ha dejado por una joven compañera de trabajo, argumentando que deseaba esa “pausa” en la relación matrimonial. La “Pausa” era francesa y tenía un pelo castaño, lacio y brillante. Sus pechos eran notables y auténticos, no operados.
Con el objetivo de recuperar la cordura, Mia, de acuerdo con su hija Daisy y con la doctora que la atiende, decide pasar el verano en Bonden, su localidad natal, en la que le han hecho un contrato para dar clase de poesía a unas cuantas púberes alumnas del instituto.
En Bonden, alquila una casa no lejos del complejo residencial en el que su madre y un grupo de amigas, a las que llama “los Cisnes”, han elegido vivir de un modo todo lo independiente que su elevada edad lo permite.
La casa vecina a la suya está habitada por Lola, su pequeña hija Flora y su bebé Simón; el marido de Lola, Pete, trabaja fuera, y a su regreso, las peleas en la pareja son frecuentes; lo que hace sospechar a Mia que existe algún tipo de maltrato.
Los que acabo de citar, podríamos decir, que son los personajes principales. Aunque en el texto aparecen algunos más que aportan consistencia a la narración y sirven a la autora para demostrar sus conocimientos de poesía, psicología, psiquiatría y filosofía, pero sin avasallar a los lectores como puede ocurrir con Todo cuanto amé.
Un verano sin hombres, su nombre bien lo indica, se centra en las mujeres y, lo que me parece más interesante, es que las analiza con la habilidad de alguien muy versado en su idiosincrasia, por edades y en situaciones vitales concretas: ancianas, preadolescentes, párvulas, casadas con niños pequeños, viudas, jóvenes viviendo en pareja y abandonadas por el marido como es su caso.
Insisto, Siri Hustvedt en Un verano sin hombre, a pesar de que su final podrá no convencer a todo el mundo, disecciona a las mujeres con habilidad, apoyándose en multitud de ejemplos académicos, poemas alusivos y sentido del humor, que lo ejerce interpelándonos a través de un diálogo directo; como éste que utiliza para explicar el modo en que Boris reconoce la ayuda que ella presta a sus investigaciones científicas: Después de todo, Queridos Lectores, os pregunto: ¿cuántos hombres agradecen a sus mujeres tal o cual servicio? Y si lo hacen, éstas aparecen al final de una larga lista después de mencionar en ella a colegas e instituciones. “Sin el apoyo infatigable y la inestimable paciencia de Magdalena Pepino, mi mujer, además de mis hijos, Fructuoso y Flor de Pepino, no hubiera podido escribir este libro”.

 

 

 

 

 

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