TONY TAKITANI

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Vuelvo de la biblioteca, tras una larga temporada sin visitarla, con un libro de Haruki Murakami  que acaba de ser publicado. Se titula Tony Takitani y tiene la particularidad de estar bellamente ilustrado por Ignasi Font.
El relato contenido en esta peculiar obra, a pesar de su brevedad (con ilustraciones y todo, setenta y cinco páginas), reúne muchas de las características que definen al escritor japonés: personajes solitarios y desarraigados que se guían por impulsos, ambientes cerrados, bares en los que el jazz es un elemento más de la historia, el destino como determinante; lo misterioso y hasta lo patológico constituyendo la urdimbre de una narración que seduce además por lo bien escrita y te hace recordar la conocida expresión conceptista: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”.
El padre de Tony Takitani, Shozaburo Takitani, era un trombón de jazz al que siempre sonrieron las mujeres y la suerte, sin que a su estado de ánimo habitual nada de ello le afectase demasiado. Tomes el camino que tomes, un día u otro acabas solo. Así fue, por una serie de circunstancias más o menos lógicas, Shozaburo Takitani se encontró viudo y con un hijo recién nacido, al que puso de nombre Tony, ya que el padrino del bebé, comandante del ejército norteamericano, se llamaba así.

Ir al colegio con un nombre extranjero no favoreció las relaciones sociales del pequeño Tony, que terminó siendo un muchacho con una marcada tendencia a encerrarse en sí mismo. Le gustaba mucho dibujar, lo que propició que estudiase Bellas Artes y se convirtiese en un prestigioso ilustrador, dada su enorme capacidad de dibujar con asombrosa exactitud todo tipo de máquinas y cualquier elemento técnico.
A los 35 años, sin que nada lo presagiase, Tony Takitani se enamoró de una joven quince años menor que fue a su estudio a recoger unas ilustraciones. No sabía qué tenía aquella chica que le había afectado tanto. Y aunque lo hubiera sabido, no habría podido explicarlo con palabras.
La impresión que le causó la muchacha, de facciones agradables pero no una belleza, se veía acentuada con la forma en la que ésta llevaba la ropa. Vestía con tanta naturalidad, con tanta gracia, que parecía un pájaro envuelto en un aire especial, como si se dispusiera a alzar el vuelo hacia otro mundo.
Aquí debo interrumpir el relato porque pronto empezará lo patológico, que debe descubrir el lector; y no hay peor cosa que adelantar acontecimientos en un relato tan breve y bien escrito.
Sí que puedo referirme a las ilustraciones de Ignasi Font. En colores oscuros, generalmente negro, rojo y gris, y multitud de elementos alusivos, reproducen el mundo solitario y casi claustrofóbico en el que se desenvuelven los dos principales personajes masculinos.
Son ilustraciones que dan idea de fugacidad, de caída libre hacia no se sabe dónde y te dejan la sensación de haberte enfrentado, por lo dibujado y lo escrito, a una pequeña obra maestra.
Si a esto añadimos la cuidada edición que ha efectuado TusQuets, estaremos ante una obra muy recomendable que entusiasmará a los incondicionales de Haruki Murakami, y hasta creo que no será denostada por aquellos que le acusan de ser un autor infiel a sus raíces, ¡ay las raíces!, es decir, occidentalizado.

 

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