LA CORTE DE CARLOS IV

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Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1943 y murió en Madrid el 4 de enero de 1920. Por lo tanto, era en este año cuando teníamos que recordar el centenario de su muerte, para lo que se habían celebrado ya algunos actos y quedaban por celebrarse muchos más.
Estoy segura de que grandes personalidades del mundo de la cultura recordarán al escritor canario afincado en Madrid de de las más variadas y trascendentales formas. Yo, desde mi orilla, sólo puedo ofrecerle el homenaje de hablar un poco de su vida y su obra y leerlo con un recién adquirido interés.
Debo decir que los conocimientos que tengo de la abundante producción literaria de un autor, considerado por los especialistas a la altura de Miguel de Cervantes, son escasos. En la olvidable etapa de mi bachillerato, que fue de ciencias a instancias paternas, sesgadas referencias tuve de él. Durante la carrera, las profesoras que impartieron lengua y literatura tampoco le mostraron un aprecio excesivo; la una adoraba a Miguel Hernández y la otra a Federico García Lorca. Ni que decir tiene que con ambas conecté enseguida.
Al mismo tiempo, a la hora de elegir lecturas, con poca formación y nulos consejos, me incliné por autores alejados de lo que me parecían folletines: Tristana, Fortunata y Jacinta… Incluso, algo más tarde, desoí las sugerencias de mi marido, admirador de Don Benito, hasta el punto de comprar para la biblioteca del colegio en el que daba clase la colección completa de los Episodios que publicaba Espasa.
Ha sido el centenario de Galdós y la necesidad de usar en algo productivo este confinamiento, lo que me ha impulsado a buscar información sobre la vida del que se consideró cronista de Madrid e iniciar la lectura de todo lo que he ido encontrando. Junto a Tristana, Misericordia y Fortunata y Jacinta, tengo sobre la mesa Nazarín y los dos primeros libros de la serie de Episodios Nacionales, a saber, Trafalgar y La corte de Carlos IV.
El narrador de La corte de Carlos IV, segunda novela de la primera serie de los Episodios Nacionales que hoy traigo a Opticks, es Gabriel Aracil, que inicia el relato diciéndonos que en Madrid, sin oficio ni beneficio ni parientes, puso un anuncio en el Diario que le valió para entrar al servicio de una cómica del teatro del Príncipe,  llamada Pepita González o la González. Esto pasaba a fines de 1805; pero lo que voy a contar ocurrió dos años después, en 1807, y cuando yo tenía, si mis cuentas son exactas, dieciséis años, lindando ya con los diez y siete.
Así se inicia un desfile de personajes y situaciones que vamos conociendo a través de los ojos de un muchacho, que sueña con lograr grandes hazañas que le conviertan en una persona de provecho, y de cuya nobleza, ingenuidad, inteligencia, sentido del honor, agudeza y generosidad iremos disfrutando a lo largo de las páginas siguientes.
Conocer los acontecimientos que acaecieron en ese tiempo y a sus protagonistas a través de los ojos de este joven, es un auténtico placer. Ya que, aun tratándose de hechos muy negativos para España y de personajes tan nefastos como Fernando VII, la historia que nos cuenta Gabriel, el marco de esa historia, el Madrid de principios del siglo XIX, presenta tantos matices y ambientes diferentes, que es muy fácil vivir cada suceso y, guiándose por las detalladas descripciones que nos hace Galdós, visualizar, incluso, a quienes los protagonizaron.
El hecho político fundamental en torno al cual gira el resto del libro es el intento del príncipe Fernando de arrebatar a su padre, Carlos IV, el poder; lo que se conoce como el Proceso de El Escorial. Las intrigas palaciegas, las traiciones de unos y otros, junto a la pobre personalidad, nula virtud y escasa cultura del heredero, están perfectamente retratadas.
Pero al lado de esto, el mundo del teatro con las rivalidades entre cómicos y el distinto criterio de lo que debe ser representado, crítico y pedagógico en Leandro Fernández de Moratín; escapista y fatuo en sus rivales. La miseria del pueblo y la credulidad que le lleva a admirar a Fernando y denostar a Godoy, que intentó introducir reformas en la línea de los ilustrados y nunca se le aceptó por su origen, su altivo carácter y las relaciones que mantenía con la reina. La doble moral de la nobleza y el clero, retrógrado e inmovilista, temerosos de perder sus enormes privilegios.
Nada escapa a la mirada atenta de Galdós ni a su certera crítica. La nobleza, el clero, los cómicos, el pueblo que malvive, el ejército… El escritor los va diseccionando con habilidad extrema, mostrando sus flaquezas y virtudes; en los de arriba, pocas, yo diría ninguna. En los de abajo, que representa Inés, la jovencita sensata y reflexiva a la que Gabriel quiere; el mismo joven o su amigo Pacorro Chinitas, el amolador que explica con claridad el conflicto al que se enfrenta el país: Creo que somos unos mentecatos si nos fiamos de Napoleón. Ese hombre, que ha conquistado la Europa como quien no dice nada, ¿no tendrá ganitas de echarle la zarpa a la mejor tierra del mundo, que es España, cuando vea que los reyes y príncipes que la gobiernan andan a la greña como mozas del partido?… Debemos estar preparados… Todo lo hemos de hacer nosotros.
El lenguaje del pueblo y la nobleza, los alimentos que consumen, los lugares que habitan, las calles y las plazas de Madrid, El Escorial, los vestidos, las fisonomías, lo real y lo inventado, Benito Pérez Galdós mezcla y presenta todo con tal habilidad, que se entiende muy bien la admiración que han mostrado hacia él personas cuyas obras sí que conozco más, como son Luis Cernuda o Max Aub.

 

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