CASTELLANO

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En ocasiones, te identificas tanto con el contenido de un libro, que resulta complicado realizar un comentario objetivo apartándote de la escena central cuando te sientes protagonista.

Desde que nací o al menos desde que recuerdo, en el tiempo y el lugar que se me dieron para vivir, mi existencia estuvo marcada por el peso, a menudo molesto y en ocasiones insoportable, de la identidad.

No la mía: la ajena.

Así empieza el prólogo con el que Lorenzo Silva inicia el libro que acaba de publicar en la editorial Destino con el título Castellano.

Hace 500 años, Carlos V, un príncipe formado en el extranjero, llega a España proclamándose rey sin haber fallecido aún su madre, la reina Juana. El joven monarca reparte los puestos de control del reino sin miramiento alguno entre los nobles que le acompañan e impone impuestos abusivos al pueblo, el clero y la nobleza.

En esas circunstancias, se produce en Castilla la revuelta de Los Comuneros que culmina en la batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521, cuando las tropas imperiales arrollan a las de las Comunidades y decapitan a sus principales capitanes: Padilla, Bravo y Maldonado.

Desde entonces, Castilla y los castellanos han sido vistos como abusivos dominadores, cuando en realidad su alma quedó perdida en aquel campo de batalla y ha languidecido en tierras empobrecidas, ciudades despobladas y pendones descoloridos.

Es el alma de aquella Castilla la que Lorenzo Silva rescata y enaltece en este libro, mitad novela histórica, mitad diario y autobiografía, partiendo de manera original de un viaje por la Mancha, en el que escucha en un CD el poema épico Los comuneros de Luis López Álvarez cantado por el Nuevo Mester de Juglaría que le provoca una convulsión interior.

Castilla, lo castellano, vilipendiado por muchos de los escritores del 98. La Castilla orgullosa que dominó los mares y llegó hasta un nuevo continente, y que después fue dejada de lado por gobernantes que otorgaron favores y prebendas a españoles que no querían serlo.

La Castilla de Fernán González, de Alfonso X, de Pizarro, de Núñez de Balboa, del Cid, de Quevedo, de Cervantes, de Teresa de Jesús, de Juan de la Cruz, de Manuel Azaña, de Miguel Delibes, de…

Conquistadores, reyes, escritores, místicos, pero también arte, paisajes, monasterios, castillos, trabajos, idiosincrasias varias y una lengua que hablan en el mundo más de 500 millones de personas, acompañan las gestas de los comuneros, explicadas de una manera didáctica y admirativa por el autor nacido en Madrid.

Una explicación que no omite los errores cometidos ni la crueldad y la ambición de muchos de los participantes; pero que destaca, sobre todo, la valentía y el sentido del honor de aquellas personas que se vieron pisoteadas en sus derechos y en su dignidad, a las que no se les dio la opción de participar ni siquiera mínimamente en su futuro.

Personas, como fue el caso de la esposa de Padilla, María Pacheco, que aun sabiendo que todo estaba perdido, soportó el asedio de los vencedores con la intención de alcanzar una improbable clemencia hacia los vencidos.

Termino la reseña de Castellano, aunque me quede mucho por decir, cediendo todo el protagonismo, como es de ley, a Lorenzo Silva, que afirma, apoyándose en la exhaustiva y bien documentada tesis doctoral que escribió sobre la revolución de las Comunidades de Castilla el historiador francés Joseph Pérez: En los castellanos de toda condición que sostuvieron el empeño de las comunidades, -desde los tundidores hasta los caballeros, desde los monjes hasta los juristas, desde los capitanes hasta los comerciantes-, latía un fuerte impulso de regeneración del reino en que vivían. Querían superar sus desequilibrios, reparar sus injusticias y proyectarlo hacia el futuro. Su derrota privó a Castilla del empuje de la gente que estaba llamada a engrandecerla, mientras se favorecía a los inertes, los ventajistas y los lacayos.

Y prosigue el autor: El mensaje que nos transmitieron no puede ser más nítido. Que tu espíritu no se someta por miedo. Aunque ya no haya una Castilla como la que fue, ni quepa rehacerla, sublévala siempre que veas asomar, no importa bajo qué argumento ni bajo qué coartada, la inconfundible y odiosa silueta del déspota.

 

 

 

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