UNA MUJER A QUIEN AMAR

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El libro de hoy, también muy breve como el anterior, está escrito en memoria de Olga, una mujer con la que el autor mantuvo en el pasado una gran amistad.

Con profundidad y sencillez, repasa los recuerdos, los encuentros, los sentimientos y las reflexiones que le despierta su relación a lo largo de los años. Sobre todo durante la enfermedad que le llevó a la muerte.

El libro se titula Una mujer a quien amar, su autor es Theodor Kallifatides, lo publica Galaxia Gutenberg y lo han traducido del sueco Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide.

Olga era un tercio griega, un tercio rusa y un tercio sueca. Su madre era rusa; su padre, griego, y ella nació en Suecia. Amaba Grecia con pasión y soñaba con terminar sus días allí. Pero también amaba Suecia con pasión y vivió sus días aquí. Rusia no ocupaba un lugar muy importante en su vida más allá de que idolatraba a Dostoyevski y Chéjov”.

Olga es la mujer a quien amar evocada por Theodor Kallifatides muchos años después de haber asistido a su entierro y emocionarse, no había conseguido hacerlo antes, cuando la pastora que dirigía la ceremonia pronunció unas palabras en griego. “Fue un gesto para los griegos allí presentes. Fue un gesto que me atravesó el alma. Esas pocas palabras lo hicieron todo real. La muerte, el dolor, el viento que soplaba ese día”.

Ahora hace balance de su pasado en el que ocupa un importante papel su amiga muerta. Las conversaciones que mantuvo con ella le conducen a reflexionar. Unas veces expresa sus ideas y otras las de Olga.

Sobre la lengua original y elegida: “Dios es la verdad y la lengua es Dios”. Esto lo dice un escritor ateo reconocido en todo el mundo que, al emigrar a Suecia en el año 1964, decidió abandonar su lengua natal y escribir en sueco.

Sobre sus convicciones: “Por raro que parezca es más difícil deshacerse de opiniones erróneas que desechar las correctas. Puede que sea porque las erróneas a menudo tienen un peso emocional del que las correctas carecen. Sencillamente el ser humano le tiene más cariño a sus taras que a su salud”.

Sobre la amistad: “No se puede ser amigo de alguien que no te gusta, mientras que es perfectamente posible enamorarse de alguien que te parece un cerdo. En este sentido, la amistad es más exigente que el amor”.

Sobre la enfermedad: “¿Es posible que ahora estemos más enfermos porque tenemos más nombres de las enfermedades? ¿Es posible que la sociedad terapéutica que hemos creado cree a su vez sus pacientes y también sus médicos? Nietzsche escribió gravemente enfermo de sífilis. Yo no puedo escribir si tengo un catarro. ¿Cómo es posible?”

Sobre nuestro tiempo: “Es la antesala de la barbarie. Todos los criterios desaparecen en aras de uno solo. Cuánto vende un producto. El éxito es la prueba de que es bueno. El arte y la literatura son el dominio de los valores difusos, pero ahora tenemos por fin un criterio indiscutible: la capacidad de venderse”.

Sobre los sueños: “Si uno tiene grandes sueños cuando es joven, acabará llorando mucho cuando es mayor”.

Sobre el sentido de la vida: “El sentido de la vida no hace falta para vivir. Hace falta para morir”.

Sobre el arraigo: “Si uno tiene miedo de perderse donde está, se perderá donde quiera que vaya”.

Sobre los triunfadores que proceden de otros países: “Es la maldición del inmigrante. Como has perdido un mundo entero, tienes que recibir un mundo entero a cambio. Eso no puede ser. Ni en el mito. Puede que consigas la princesa y el reino, pero un buen día alguien te espera en un callejón oscuro con un puñal afilado en la mano”.

Sobre la familia: “Nos sentíamos contentos, incluso felices, de estar juntos, algo que en ese momento parecía lo único natural pesar de que algunos de nosotros no nos conociéramos de verdad más que como funciones, piezas del mecanismo que formaba nuestra familia¨.

Sobre la muerte: “Se trata de encontrar los rituales que hacen la muerte abordable. Estamos olvidando ese arte. La muerte nos sorprende, como una llamada que no esperamos”.

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