LA DIVINA COMEDIA DE OSCAR WILDE

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En estos años en los que la imagen se ha impuesto en la mayoría de los casos a la escritura, los ilustradores gráficos tienen un considerable papel, aproximando a los interesados, con poco tiempo disponible o con pocas ganas de leer, la vida y la obra de personalidades que ocupan un lugar destacado en la literatura universal. Es el caso de Javier de Isusi y Oscar Wilde.
La divina comedia de Oscar Wilde es una novela gráfica editada por Astiberri, cuyas impresionantes ilustraciones en tonos sepia a lápiz y acuarela, reproducen con exactitud las imágenes de los protagonistas de la historia narrada y los principales escenarios en que se desenvuelven. Con ayuda de estudiados textos, Javier de Isusi demuestra aquí la admiración que siente por el autor irlandés, del que ya ilustró en 2011 El retrato de Dorian Gray, relacionándola con otra admiración, la de Oscar Wilde por Dante y su Divina Comedia.
Nos cuenta el ilustrador vasco, que se ha documentado de forma exhaustiva para esta obra, documentación que compagina con situaciones y diálogos inventados, aunque apoyándose siempre en su amplio conocimiento de la vida y la obra del señalado autor, que Oscar Wilde, tras escribir De Profundis en la cárcel de Reading durante los dos años que permaneció en ella condenado por sodomía y grave indecencia, afirmaba que, como Dante Alighieri, él había estado en el Purgatorio y en el Infierno pero tenía la esperanza de que le estuviese reservado el Paraíso.
Un Paraíso que quizá pudo conocer en algunos momentos, a lo largo de los tres años que pasó en Paris, ciudad en la que se refugió cuando salió de la cárcel y fue repudiado por la sociedad que tanto reclamaba su presencia en actos importantes y aplaudía su ingenio y sus obras literarias antes de la condena.
En Paris, Oscar Wilde se cambia el nombre por el de Sebastián Melmot y malvive en la deprimente habitación de un hotel, ayudado de un reducido grupo de amigos que le son fieles hasta el final.
La novela, que está presentada como una obra de teatro en la que el escritor es el protagonista, relata cómo fue su vida esos tres años: su alcoholismo, su dependencia económica de los amigos, sus relaciones con chaperos y chicos de la calle; también con pintores como Toulouse-Lautrec, escritores como los hermanos Machado y André Gide y poetas como Arthur Rimbaud. A este último Javier de Isusi le hace aparecer en una especie de encuentro onírico entre ambos autores que me ha recordado a Dickens y su Cuento de Navidad, ya que el poeta francés lleva de la mano al irlandés, comparando lo que fue su vida con la de éste y pidiéndole que deje de masturbarse ante su propia imagen porque la lógica de la vida no es la del teatro.
De los encuentros con los personajes citados y con otros, por ejemplo, su amante, lord Alfred Douglas (Bosie) o los pocos amigos que le fueron fieles, Enrique Gómez Carrillo, Robert Ross (Robbie), Robert Sherard, Reginald Turner (Reggie), etc. Javier de Isasi reproduce posibles diálogos en los que Oscar Wilde expone con crudeza, a veces humor y siempre ingenio, lo que piensa de su vida anterior y presente. En estos diálogos encontramos citas o referencias a sus obras escritas, La importancia de llamarse Ernesto, El gigante egoísta, La balada de la cárcel de Reading, etc.
Gracias a todo ello y a las entrevistas que el autor intercala con las personas próximas al escritor hasta el momento de su muerte, vamos descubriendo quién fue Oscar Wilde, su extraordinaria formación intelectual, su admiración por la cultura griega, sus aclamadas obras, su esteticismo y narcisismo, sus excentricidades, su homosexualidad, su apabullante ingenio, su ansia de reconocimiento, amor y belleza.
Y poco a poco, el actor deja paso al ser humano despojado por fin de las máscaras tras las que ha ido ocultando su verdadero yo. Ahora reconoce que sin público no existen los héroes, que llegan a nosotros merced a los poetas. Que cuando ya no hay nada ni público ni héroes ni poetas, queda el dolor. Si no existiera el dolor, nuestra alma estaría tan extasiada con la belleza y los placeres del mundo que no podría nunca despertar. El dolor hace que dejemos de buscar fuera para poder buscar dentro de nosotros.
Una dolorosa introspección que, en su caso, termina el 30 de noviembre de 1900 cuando muere en la pobre y fea habitación que le había acogido esos tres años en los que el dolor ahuyentó en muchas ocasiones a la máscara.
Así que cuando Javier de Isusi, en una de las primeras páginas de esta obra magnífica, se pregunta: ¿Acaso puede un libro aproximarse a un hombre, o será que nunca podrá hablar más que de su máscara? Yo puedo responder, después de haber leído La divina comedia de Oscar Wilde, que él ha demostrado que puede hacerse.

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