BAJO LA RED

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Considerada por la revista Time una de las cien mejores novelas en lengua inglesa del siglo XX, Bajo la red, primer libro escrito por Iris Murdoch y publicado en 1954 que hoy traigo a Opticks, es un derroche de buena literatura desde el principio hasta el final.
Después de leer El unicornio, que publicó en 1963, me apetecía leer alguna obra más de la escritora irlandesa, así que busqué la primera de su producción literaria.
Bajo la red, en cuanto al tema desarrollado, no tiene nada que ver con la anterior, pero coincide con ella en el dominio del lenguaje, la profundización psicológica de los personajes, descritos de manera genial; la fluidez de los diálogos, las ideas filosóficas de tipo platónico que sustentan la narración, el azar como elemento inherente a la existencia, la búsqueda de un lugar apropiado en el mundo y, en el caso concreto de este libro, una crítica con toques de humor de determinadas situaciones: literarias, sindicales, cinematográficas o médicas.
La historia que encontramos en Bajo la red está contada en primera persona de forma admirable, interpretando perfectamente la personalidad masculina, por James (Jake) Donaghue, escritor sin éxito y traductor, trabajo que lo mantiene, que al regresar a Londres desde Paris, ciudad en la que vive el autor al que traduce,  encuentra que su novia, con la que comparte casa, se ha enamorado de otro; por lo que se ve obligado, junto con Finn, agente, criado y amigo, a buscar un nuevo alojamiento.
Además de Jake, la novela está poblada por un conjunto de personajes, más o menos excéntricos, la mayoría de los cuales necesita como él encontrar su universo. Entre ellos el citado Finn, al que le encantan los problemas, los suyos y los de los demás sin discriminación, y lo que le gusta aún más es dar malas noticias; Dave Gellman, filósofo, no de esos que te dicen tu horóscopo y el signo del zodiaco, sino uno de verdad, como Kant o Platón, por lo que no tiene dinero, en cuya vivienda se refugia tras la expulsión, y cuyo objetivo principal consiste en convencer a sus jóvenes alumnos de que no se dediquen a la filosofía; Hugo Belfounder que heredó una fábrica de armas, pero como era pacifista la transformó en otra en la que fabricaba fuegos artificiales; las hermanas Quentin, Anna y Sadie, que desempeñarán un importante papel en la historia o la Sra. Tinckham, dueña de una tienda llena de gatos que fuma en cadena y en la que se puede confiar como en una ley de la naturaleza.
Siendo notables las descripciones de personas y ambientes que realiza la autora en París y, sobre todo, en Londres, destaca en Bajo la red el elogio que hace del silencio. Es el lenguaje el que teje una red en torno nuestro ocultando al verdadero yo.
Un silencio reivindicado por el protagonista (escribe un libro clave en la novela y lo titula “El silenciador”), y por muchos de los personajes a lo largo del relato. Por ejemplo por Hugo: Cuando te hablo, no te estoy diciendo exactamente lo que pienso, sino lo que sé que te va a impresionar y que te moverá a replicar… Todo el idioma es una máquina de fabricar falsedades. Hablando del amor, Anna lo define como acción y silencio. La Sra. Tinckham: Una mujer que no habla es una joya. Jake: Las acciones no mienten; las palabras, siempre.
Sin embargo, es a través de la palabra como Iris Murdoch se comunica y se comunicará con sus lectores. Comenzar una novela es como abrir la puerta a un paisaje neblinoso; ves muy poco, pero hueles la tierra y sientes el soplo del viento.
Lo dice Jake, cuando parece haber encontrado su universo, y lo dirá el lector enamorado de ese olor y ese viento que ha de percibir ya desde la primera página de un libro escrito por Iris Murdoch.

 

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