CANTO YO Y LA MONTAÑA BAILA

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Elegí el libro que hoy traigo a Opticks porque me gustó el título: Canto yo y la montaña baila. Más tarde descubrí que lo editó Anagrama en el año 2019, que ha recibido ya varios premios y que su autora es Irene Solà.

Canto yo y la montaña baila es una novela coral cuyo argumento se desarrolla en una zona de los Pirineos orientales (entre Camprodón y Prats del Molló) en un pequeño pueblo, en caseríos y en diversos lugares de las citadas montañas.

Los protagonistas son las personas que viven allí, algunos viajeros enamorado del entorno, animales autóctonos, plantas y distintos elementos que conforman el paisaje o intervienen en la vida de las gentes.

A todos ellos la escritora da voz en el relato. Así escuchamos a las nubes mientras lanzan el rayo que dejará sin vida en pleno monte a Domènec, el campesino poeta que vive en la masía llamada Matavaques junto a su padre, el viejo Ton que no hablaba, su esposa Sió, su hija Mia y su hijo recién nacido Hilari.

Escuchamos a las mujeres que murieron en la hoguera acusadas de brujería y permanecen en los lagos y en las cuevas, acogiendo a los que aman tanto su tierra que no quieren dejarla aunque estén muertos.

Escuchamos al oso, que habitaba la zona en libertad hasta que llegó el hombre. “llegamos aquí los primeros y estas montañas, este frío, este cielo, este bosque y este río y todo cuanto hay dentro de ellos, peces y hojas, era nuestro”. A la perra Lluna, que cuida de Mia y corre con todas sus fuerzas al oír sus silbidos. “Porque la quiero. Porque cuando llego, la he salvado”. Y al corzo, que nos cuenta una maravillosa historia de aprendizaje y descubrimiento de lo que el bosque ofrece, bueno y malo.

Escuchamos a los hongos llamados Trompetas de los muertos; y al aguacil, Agustín, con el que volveremos a ver a nacionales y republicanos que huyen hacia Francia, perseguidores y perseguidos, presentes en la memoria de los viejos y en los restos visibles de la guerra que aún encuentran los niños cuando escarban la tierra mientras juegan.

Las voces de los que ya he nombrado y otros muchos se alternan mientras crecen, se enamoran, se encuentran o se marchan para volver después a unos lugares repletos de leyendas. Como la de Pirene, la hija de Tubal, el rey de Iberia, quemada viva por el gigante Gerión y cubierta de piedras por Heracles, “formando una cadena como una escultura mortuoria, que iba desde el Cantábrico hasta el cabo de Creus”.

Lo mágico y lo onírico, lo real y lo imaginado, la mitología y el folklore se mezclan en una danza que seduce al que llega porque “aquí arriba hasta el tiempo tiene otra consistencia. Es como si las horas no pesaran lo mismo, ni tuvieran el mismo color ni el mismo gusto. Aquí el tiempo es diferente, tiene otro valor”.

Un tiempo detenido en los poemas no escritos de Hilari: “Porque la voz del poeta convoca. Convoca a los seres queridos y a los tiempos pasados y futuros. Y aquellos a los que nombra el poeta se congregan y forman un corro mientras suena el sonido de la voz…”.

Canto yo y la montaña baila es un libro muy breve, 168 páginas, pero tan llenas de contenido, tan sentidas, tan profundas que su lectura resulta deslumbrante. Es fácil comprobar que Irene Solà ha disfrutado mientras lo pensaba, investigaba  y escribía, por la belleza, el sentimiento y la admiración que percibimos, incluso, mientras habla de muerte y de tragedia. Porque “las pasiones también son más crudas aquí arriba. Más desnudas. Más auténticas”.

Y es que cuando un escritor siente de esa manera lo que quiere expresar y consigue plasmar sus sentimientos en un libro, como puede apreciarse en Canto yo y la montaña baila, hay que dar la razón una vez más a Miguel de Cervantes cuando afirma: “Lo que se sabe sentir, se sabe decir”.

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