Constancia de imágenes y pesquisas

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Explica Vicente Ferrer, editor de Media Vaca, en el prólogo del libro titulado MIGUEL CALATAYUD, Constancia de imágenes y pesquisas, que para darle cabida dentro de la colección Puntos Cardinales de la editorial Kalandraka, dedicada a creadores de literatura infantil y juvenil que se consideran referencias fundamentales en el panorama internacional, y presentada como un conjunto de libros de entrevistas, Miguel Calatayud, protagonista de esta obra editada con el esmero que acostumbra dicha editorial, eligió como interlocutor a su amigo Carlos Pérez, experto en arte y en vanguardias, así como descubridor de artistas e historias para nuevos públicos a través de exposiciones y creaciones.

Miguel y Carlos, ambos valencianos, soñaban, según deseo de Carlos, que “Valencia dejara de ser la capital de la Tierra de la Modernidad imposible”. Compartieron viajes e investigaciones en busca de aquello que pudiese contribuir al perfecto desarrollo de la obra del primero y a su difusión junto a los grandes por parte del segundo en los más variados foros.  Después, para evaluar lo conseguido y planear nuevas “pesquisas”, solían reunirse en torno a un “arrocito” en la ciudad “donde la vida en arrocitos se cuenta”.

Hasta ahí todo perfecto, un creador de fama internacional que ha recibido numerosos premios, desde el Lazarillo hasta el Nacional de Ilustración, y un experto en arte que ha buscado siempre la excelencia y la innovación en todas sus manifestaciones.

La complicación surge cuando se nos dice que Carlos Pérez murió el año 2013. Así que el entrevistado ha de inventar las preguntas que en cada momento le haría su amigo, lo que supone que ambos debían conocerse muy bien.

Surge así un libro dividido en siete capítulos, a los que se añade la amplia relación de obras ilustradas por Miguel Calatayud y una bella y representativa muestra de esas obras.

MIGUEL CALATAYUD, Constancia de imágenes y pesquisas es un libro que puede calificarse de  arriesgado, nostálgico, reivindicativo y formativo, todo al mismo tiempo.

Arriesgado porque, aunque el autor haya superado la prueba de manera notable, conllevaba cierto riesgo la pretensión de mantener un diálogo en profundidad con una persona que desapareció el año 2013.

Nostálgico porque, además de la presencia constante del amigo, Miguel Calatayud nos habla de su infancia, de cómo surgió en él el interés por el dibujo, de sus estudios de bachillerato, su ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos en Valencia, de la que critica su plan de estudios alejado por completo de cualquier formulación estética innovadora; su trabajo como profesor que le permitió una relativa independencia económica y sus primeros cómics en el suplemento infantil de la revista que distribuía la editorial Doncel.

Una nueva pregunta de Carlos, partiendo de la renovación plástica que se dio en Valencia a finales de los 60 en la que participó Miguel, conjugando las aportaciones de los grandes ilustradores tradicionales y las soluciones gráficas aportadas por el arte moderno, provoca que éste explique el significado que para él tenía la ilustración: “El significado que yo le daba a la ilustración de un libro consistía en visualizar y poner en páginas algo semejante a un mundo propio en el que todo, figuras, objetos y espacios obedeciesen a ciertos principios de concepto y diseño relacionados con la comprensión subjetiva de la realidad”. Lo que supone un exhaustivo estudio de esa realidad y una forma personal de plasmarla.

Reivindicativo, porque ambos reivindican la importancia de la creación artística bien realizada. Durante mucho tiempo en España las ilustraciones eran sólo un elemento decorativo, “estampitas”, cuando la tarea de ilustrar ha de iniciarse mediante el conocimiento previo de cualquier información relacionada con lo que se va a hacer; hay que conocer a la perfección el texto a ilustrar, considerarlo como propio.

Un ejemplo entre tantos fue el encargo que recibió Miguel para ilustrar Els Lusiades, la adaptación que Emili Teixidor hizo sobre el poema épico de Luís Vaz de Camôes, que el adaptador glosó en un artículo con el título “Miguel Calatayud la estética feliz”, que impulsa al ilustrador valenciano a ver una película sobre el tema y a viajar a Portugal para familiarizarse con el libro.

Formativo, porque realiza un estudiado recorrido por el mundo de la ilustración desde sus inicios, profundizando en su nacimiento y desarrollo en España y otros países del mundo, ya que se citan bastantes creadores y obras internacionales; pero también la relación que esta disciplina artística mantuvo y mantiene con el cine, la literatura, la pintura y la escultura.

Nacimiento, desarrollo y valoración a lo que Miguel ha contribuido de manera muy destacada, logrando en un principio que fuese considerada al nivel del resto de las bellas artes y después expandiéndola mediante el cultivo de todas sus aplicaciones: ilustración de libros, cómics, carteles, aucas, aleluyas…; por lo que su influencia es destacable en los ilustradores posteriores.

Termina Vicente Ferrer el prólogo de MIGUEL CALATAYUD, Constancia de imágenes y pesquisas aludiendo a la historia de un hombre que, según cuenta Chuang-Tzu, soñó que era una mariposa y, al despertar, no sabía si era un hombre que había soñado que era una mariposa o una mariposa que soñaba que era un hombre. De este modo se pregunta después si el Carlos de este libro es un recurso literario utilizado por Miguel Calatayud para traer a su lado al amigo o si todo lo que cuenta Miguel y hasta el propio Miguel, no será más que una invención de ese escritor jovial que fue Carlos Pérez. Nunca lo sabremos. Podemos, eso sí, discutirlo con nuestros amigos; preferiblemente, con un arrocito.

 

Por Mª José Alés

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