¡TIERRA, TIERRA!

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¡Tierra, tierra!  es la tercera obra que leo de Sándor Márai. Las anteriores fueron las novelas La mujer justa y El último encuentro, ambas por recomendación de mi inolvidable amigo Manolo.

Sándor Márai, nacido en Hungría y muerto en Estados Unidos, es un autor intemporal, aunque se ciña a un tiempo. Su forma de escribir es elegante y todo en él resulta cercano a fuerza de sincero. Indaga en su interior y en el de los distintos personajes. Reflexiona, contribuyendo a que el lector lo haga. Sus interrogantes llegan a ser los nuestros y, te gustaría, por lo menos a mí, participar en muchas de las conversaciones que aparecen en sus libros.

¡Tierra, tierra! no es una novela, sino la segunda parte de las memorias que Sándor Márai escribió transcurridos veinticinco años de los acontecimientos evocados.

La primera parte, escrita a los 34 años, la tituló Confesiones de un burgués. Se centra sobre todo en sus vivencias de infancia y juventud. Entre otras cuestiones, señala los hechos que rodearon la 1ª Guerra Mundial y sus consecuencias para Europa. Se trata de unos tiempos en los que él llegó a convertirse en un escritor mimado por la crítica y la fortuna; como le ocurrió también a Stefan Zweig, cuya obra el mundo de ayer presenta cierta similitud con las memorias del escritor húngaro.

¡Tierra, tierra! se inicia en marzo de 1944, cuando en casa del autor se celebra una fiesta familiar, quizá su cumpleaños, ya que había nacido en 1900. Al terminar la fiesta, le llama por teléfono un amigo avisándole de que los nazis acaban de ocupar Budapest. Empieza a actuar la Gestapo.

Tres meses después, refugiado junto a su esposa en un pueblecito lejos de los bombardeos que afectan a la capital, aparecen los primeros soldados rusos teóricamente para liberar Hungría.

El contacto con el ejército soviético, en la persona de un soldado, conduce  a Sándor Márai a realizar una profunda reflexión sobre la historia de Europa, las distintas invasiones, los cambios culturales, los pueblos que la habitan. Indaga y se hace preguntas. ¿Qué quería de mí aquel soldado ruso? Para muchos, para los perseguidos por el nazismo, aquel joven ruso había traído, de alguna manera, la liberación, la salvación del terror nazi. Sin embargo, no podía traer la libertad, puesto que él tampoco la tenía.

El hecho de presentarse como escritor a los invasores, provoca en éstos un respeto que le sorprende. Al preguntarle a uno de los muchos militares que ocupan la zona la causa de ese respeto, la respuesta es: Porque si tú eres escritor, puedes decir lo que nosotros pensamos.

Respuesta que el autor húngaro conservó como una condecoración especial y le impulsó a averiguar qué movía a los soviéticos a la conquista, justificada con posterioridad en los acuerdos alcanzados en la Conferencia de Yalta.

Poco a poco se impone el pillaje y todas las casas del pueblo y sus alrededores son saqueadas. El hambre y los padecimientos se generalizan.

Sin embargo, Sándor Márai no se centra en las calamidades padecidas. Observa a los rusos que van llegando e intenta ser objetivo al juzgar sus comportamientos, busca el porqué de su manera de actuar.

Es muy interesante la distinción que realiza entre pueblos orientales y occidentales. Su conclusión es que el grandioso experimento social colectivo que intentaba despojar al individuo de la conciencia siempre autocrítica y trasladarlo así al terreno de la conciencia de la comunidad, de la personalidad social, sólo podía ser llevado a cabo en Oriente.

Una vez que los soldados abandonan el pueblo, ya que ha caído en manos rusas Budapest, el escritor y su esposa regresan a la capital.

Encuentran al barrio en el que vivían destruido por las bombas y los seis mil libros que albergaba su biblioteca destrozados entre las ruinas de su casa.

Con los que consiguen recuperar y algunos muebles medio restaurados, se refugian en una vivienda alquilada. La reflexión y el análisis de sí mismo y de su entorno continúa.

La esperanza infundada de que el resto de Europa venga en auxilio de la pequeña Hungría, la importancia de la lengua húngara en la que escribe y de los escritores que la han cultivado; el Renacimiento que colocó al ser humano en la Europa occidental como centro y que no conocieron los eslavos, la necesidad vital de la propiedad privada, la libertad interior y exterior que hace desaparecer cada vez con más fuerza el partido comunista.

Libertad para pensar, para actuar y hasta para callar, toda se la arrebatan, junto con la propiedad, la conciencia, la dignidad y el amor propio. En nombre de la justicia social, los bolcheviques han traído nuevas y más terribles formas de explotación.

En 1948  Sándor Márai  se convence de que en su país nunca será más que un dato numérico dentro de una categoría dada, que allí no existe el destino personal sino la probabilidad estadística, así que tiene que irse.

Tengo que partir de Budapest… Si me quedo me perderé en la red agresiva que me rodea… Tengo que llevarme el yo, mi personalidad que es única… Quizá sea peor y más insignificante que otros, pero no tengo más…

Se trataba de un deseo de ver la Tierra… Después de tanta oscuridad apestosa y de tanta ceguera llena de mentiras…

Oler, tocar, saborear la Tierra… Saciarme de olores y colores… Ver las orillas movedizas de la Vida, única e indescifrable… Ver lo que vio el joven marinero desde el puesto de vigía de la carabela de Colón cuando, al alba, se puso a gritar : “¡Tierra, Tierra!”

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