EL AFRICANO

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Hoy traigo a Opticks un libro testimonio que nos dice mucho de la personalidad de su autor y puede ilustrar sobre cuestiones actuales a personas que plantean soluciones drásticas a conflictos que vienen de antiguo.

El título del libro en cuestión es El africano, su autor, J.M.G. Le Clezio, lo editó Adriana Hidalgo el año 2007 en Buenos Aires y lo tradujo del francés Juana Bignozzi.

J.M.G. Le Clezio publicó El africano en Francia con 64 años; cuatro años más tarde, en el 2008, recibió el Premio Nobel de Literatura.

Todo ser humano es el resultado de un padre y una madre. Se puede no reconocerlos, no quererlos, se puede dudar de ellos. Pero están allí, con su cara, sus actitudes, sus modales y sus manías, sus ilusiones, sus esperanzas, la forma de sus manos y de los dedos del pie, el color de sus ojos y de su pelo, su manera de hablar, sus pensamientos, probablemente la edad de su muerte, todo esto ha pasado a nosotros.

Durante mucho tiempo imaginé que mi madre era negra. Me había inventado una historia, un pasado, para huir de la realidad, a mi regreso desde África a Francia, donde no conocía a nadie, donde me había convertido en un extranjero. Más tarde descubrí, cuando mi padre, al jubilarse, volvió a vivir con nosotros en Francia, que el africano era él. Fue difícil admitirlo. Debí retroceder, recomenzar, tratar de comprender. En recuerdo de todo eso he escrito El africano.

Así inicia Le Clezio esta pequeña obra en la que analiza sus vivencias de niño en África occidental, concretamente en una región bastante aislada de Nigeria en la que los únicos europeos eran su padre, su madre, su hermano y él.

He apuntado al principio que el escritor francés publicó El africano con 64 años. Por lo tanto tuvo tiempo para retroceder, recomenzar, tratar de comprender a un padre con el que se reencontró en África a los ocho años y con el que mantuvo casi siempre una relación tormentosa.

El padre de Le Clézio había llegado a África como médico militar del ejército inglés en 1928. Antes pasó dos años en la Guyana inglesa como médico itinerante por los ríos, así que conocía perfectamente la dureza del trabajo y los pocos medios de que disponía para el ejercicio de su profesión.

En África se quedará veintidós años, hasta el límite de sus fuerzas. Su espíritu aventurero y el amor a la tarea que realizaba, que incluía de todo: desde un parto hasta una autopsia, le llevará a ser apreciado por la gente y a vivir con entusiasmo los comienzos, el descubrimiento de los grandes ríos, hasta las tierras altas de Camerún.

Compartirá el amor y la aventura con su mujer, a caballo por los senderos de montaña, felices y libres. Era un África real, de gran densidad humana, doblegada por la enfermedad y las guerras tribales. Pero también fuerte e hilarante, con sus innumerables chicos, sus fiestas bailadas, el buen carácter y el humor de los pastores que encontraban por los caminos.

Después, cuando ella regresa a Europa para dar a luz a sus dos hijos y estalla la guerra, él, que ve imposible dejar el continente, conocerá la soledad y la angustia de no poder reunirse con los suyos ni ayudarles de ninguna manera. Dice el autor: El sueño africano de mi padre lo rompió la guerra.

Tal vez la soledad, unida al rechazo del colonialismo que siempre critico pero al que le tocaba servir, endureció y amargó su carácter. Ese hombre no podía sino sentir náuseas por el mudo colonial y su injusticia presuntuosa.

Así que el padre que encontró Le Clezio cuando por fin pudo reunirse la familia, no era un hombre amable sino autoritario y violento. Lo bueno es que pasaba casi todo el tiempo fuera atendiendo a enfermos en un radio de más de sesenta kilómetros y los niños quedaban al cuidado de la madre, una mujer dulce, que era la fantasía y el encanto y a la que los dos hermanos, con sus continuas travesuras, hacían reír.

El escritor relata muchas de esas travesuras junto a su hermano o con el resto de los niños de la zona, de los que le sorprendía pasasen tan pronto a la edad adulta, en especial las niñas, madres tempranas. Aventuras con escorpiones, con hormigas, con termitas, con lagartos gigantes, todos ellos protagonistas en sus juegos.

África para el niño supuso la libertad y la violencia. Una violencia que no era de verdad física, sino sorda y ocultada como una enfermedad. La violencia y la naturaleza exuberante en la que todo era excesivo, el sol, las tormentas, la lluvia, la vegetación, los insectos, un territorio a la vez de libertad y limitación.

África y el padre. La valoración y aceptación comprensiva de un hombre bueno al que en un tiempo consideró enemigo y la admiración por un continente, que después ha visitado en repetidas ocasiones, pero al que recuerda en este extraordinario libro, como el escenario en el que todos los sueños de un niño son posibles. Allí viví los momentos de mi vida salvaje, libre, casi peligrosa. Una libertad de movimiento, de pensamiento y emoción que jamás volví a conocer.

 

 

 

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