El libro de hoy, que se titula La chica de los siete nombres, está editado por Península y traducido por Isabel Margeli, no es una novela, tampoco una autobiografía escrita por su autor.
De hecho, en este caso, la protagonista de la historia que se nos cuenta se ha ayudado de un escritor profesional para hacerla llegar a los lectores.
Esa protagonista, que nació en 1980 en Corea del Norte, en la localidad de Hyesam cerca de la frontera con China, se llama Hyeonseo Lee y el escritor que le ayudó a transmitir su historia es el norteamericano David John.
Hyeonseo Lee inicia su historia en 1977 cuando sus padres se conocen y se enamoran. Era un tiempo en el que Corea del Norte disfrutaba de su mejor época: buenas cosechas, sector industrial más moderno que el resto de los países comunistas, caos en Corea del Sur y salida de los odiados yanquis de Vietnam tras una guerra especialmente cruel.
Además ambos jóvenes tenían un buen songbun, según el sistema de castas que impera en Corea del Norte por el que cada familia se clasifica como leal, vacilante u hostil en función de lo que hiciera la familia del padre justo antes, durante y después de la fundación del Estado en 1948. Por supuesto, los trabajos y los privilegios se asignan según esta clasificación que engloba 51 niveles, lo que en el caso de la pareja provocó que la madre de la chica se opusiera al enlace y la obligara a casarse con un joven de un nivel superior.
De esa unión nació Hyeonseo Lee, aunque la convivencia familiar duró poco. Cuando la niña tenía un año, su madre pidió el divorcio y se casó con su primer amor, al que durante muchos años ella consideró su padre, por lo que le cambiaron el nombre que le habían puesto al nacer.
Con naturalidad Hyeonseo Lee relata cómo fue su infancia, el nacimiento de su hermano Min-ho, los familiares que los rodeaban, los viajes de un destino a otro porque el que creía su padre era militar, y al margen por completo, al igual que el resto de la gente, de lo que pudiese suceder fuera del país.
Poco a poco es consciente de lo que ocurre a su alrededor, de la vigilancia a la que todos están sometidos, hasta en el colegio obligan a los alumnos a delatar a sus compañeros en un ejercicio semanal de autocensura en el que, si no encuentran nada criticable, lo inventan.
Es destacable por lo absurdo el culto a los líderes Kim Il-sung (Gran Líder fundador del país) y Kim Jong-il (Querido Líder que algún día le sucedería), cuyas historias míticas han de memorizar desde el parvulario y cuyos retratos que ocupan el lugar de honor en cada casa requieren cuidados extremos que son vigilados por funcionarios que pasan de vez en cuando a ver si es así.
Hasta tal punto es extrema la veneración a la imagen de los líderes, que al iniciarse un incendio en una de las viviendas asignadas en la que residía la familia, lo único que salvó su padre atravesando las llamas fueron los retratos.
Toda la primera parte del libro en la que se relata cómo se desarrolla la vida en Corea del Norte: Sistema Público de Distribución, adoctrinamiento desde la infancia para, entre otros objetivos, garantizar que nadie pueda desviarse hacia una egoísta vida individualista o privada; culto al líder, represión, tipos de encarcelamiento en el gulag, ocultación del mundo exterior, propaganda, sobornos continuados, mercado negro y pillaje, odio a los yanquis, a los japoneses y a los coreanos del Sur, entrenamiento militar y paramilitar, hambrunas tras la caída de la URSS, ajusticiamientos masivos públicos a los acusados de no afligirse lo suficiente al morir Kim Il-sung, y otro buen conjunto de horrores contados por alguien que los vivió en primera persona, es en especial interesante porque ayuda a entender la situación actual de Corea del Norte y las actividades de su actual líder, Kim Jong-un, que transmiten los medios de comunicación.
Continuando con la infancia y adolescencia de la protagonista en Corea del Norte, a los horrores habituales se une la detención del padre a los 40 y pocos años acusado de soborno y abuso de poder, su desaparición y suicidio en el hospital en el que le ingresaron por su nefasto estado.
Perdido el apoyo económico del marido, la madre de Hyeonseo Lee se pone a trabajar y completa los cupones de racionamiento que obtiene con el mercado negro, dada la proximidad con China. Gracias a esto logran sobrevivir a la hambruna que, entre 1995 y 1998, ocasionó en Corea del Norte más de un millón de muertos.
Hasta que la adolescente, a punto de cumplir los 18 años que la obligarán a militarizarse, decide cruzar clandestinamente el río que separa su ciudad del otro país con la intención de visitar a unos familiares que viven en él.
Con ese cruce se inicia la segunda parte del libro que implica cinco cambios más de nombre para ocultar su origen y no ser descubierta, deportada y condenada por traición a la patria.
Esta parte puede decirse que es la historia de un viaje y un propósito: llegar a Corea del Sur. Hyeonseo Lee supera una dificultad tras otra y lo hace de manera admirable: aprende chino, se integra en el mercado laboral, vence el miedo a la deportación, miente y soborna según costumbre, logra que su madre y su hermano abandonen Corea del Norte y refugiarse en Corea del Sur.
Allí la joven, después de la terrible experiencia vivida, se ha especializado en la defensa de los refugiados y de los derechos humanos en general.







