THEO DE GOLDEN

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El libro de hoy, que se titula Theo de Golden, está editado por Grijalbo y traducido por Laura Vidal, es la primera novela que escribe Allen Levi, que se presenta como abogado, cantante, compositor y escritor, vive y cuida de las tierras de su familia cerca de un pequeño pueblo en Georgia en el sur de Estados Unidos. Cuando no está leyendo o escribiendo, Allen pasa tiempo con los suyos y mantiene una agenda llena de actividades en su comunidad.

Esta presentación debería darnos alguna pista sobre la clase de libro que es Theo de Golden, sin duda ninguna una obra llena de positivismo y buenas intenciones desde un principio, que no acaba de convencerme demasiado, hasta un final en el que las distintas historias personales que pueblan el relato confluyen de manera armoniosa y reconfortante.

La obra se inicia con la llegada de Theo, un afable y elegante caballero de ochenta y siete años, nacido en Portugal, a Golden, población de Estados Unidos de cuyos habitantes, paisajes, flora y fauna se nos informará ampliamente a lo largo de la narración.

En su primer recorrido por la ciudad, Theo entra en una cafetería, “El Chalice”, y mientras paladea sorbo a sorbo un excelente expreso, observa que en las paredes izquierda, derecha y del fondo había retratos, noventa y dos en total, hechos a lápiz sobre papel blanco y con marcos negros de tres tamaños distintos. Resultaba evidente que eran obras del mismo artista que había logrado captar la personalidad y el estado de ánimo de cada uno de los retratados, tal vez clientes del establecimiento.

En sucesivas visitas, el anciano se informa sobre lo que hay detrás de esa curiosa “galería de arte”, y al conocer que los retratos están en venta, tiene la idea de comprarlos todos y regalárselos a las personas que aparecen en ellos, con las que se pone en contacto a través de una carta escrita en un papel caro, con primorosa caligrafía, lenguaje encantador, sin apellido y sin remite.

En la carta explica que, para recibir el prometido presente, debe acudir cada una de estas personas el jueves que él indique al banco que hay junto a la fuente del parque cercano a la cafetería; y, con mayor o menor desconfianza, los que reciben la carta acuden a la cita.

Los sucesivos encuentros entre el caballero y los retratados permiten que conozcamos a un buen número de los habitantes del pueblo, con sus virtudes y defectos, carencias y preocupaciones. Todos terminan apreciando a Theo, que les escucha, se convierte en su amigo y, sin que se lo pidan, casi siempre de forma anónima, soluciona muchos de sus problemas; pero nunca habla de sí mismo, saben sólo que nació en Portugal, y ni siquiera conocen su apellido.

El único que conoce todo lo concerniente al excéntrico y generoso anciano es el señor Ponder, un bróker y consultor de Golden al que Theo confía los planes que le han traído a la localidad.

He apuntado al inicio del comentario que las primeras páginas del libro, por razones diversas, me predispusieron en contra de lo que podía venir después. Luego, poco a poco, conforme se desarrollaba el argumento, modifiqué esa primera opinión y me dejé atrapar por la historia y personalidad del anciano, su forma de pensar y la manera que tiene de ayudar a los que le rodean. Cuestiones que en estos complicados tiempos nuestros aparecen poco en los medios. Siempre ha vendido más lo negativo.

También he dicho antes que, además de la información que aporta Allen Levi sobre Golden, sus paisajes, flora, fauna, etc., en épocas diferentes del año, en su faceta de compositor habla de música. Es admirable la descripción que hace del recital de violonchelo con el que Simeone, un joven músico al que Theo valora y aprecia, concluye brillantemente sus estudios en el conservatorio del pueblo.

Termino la reseña de Theo de Golden con el diálogo sobre la “calidad” del arte, lo que determina que el arte tenga o no calidad, que mantienen Asher, autor de los retratos, y Theo.

Creo que dicho diálogo resume a la perfección el pensamiento de Allen Levi y el mensaje que pretende hacer llegar al lector con este primer libro, todo él repleto de positivismo y buenas intenciones.

Dice Asher: “Es difícil definir qué es el arte, y mucho más el arte de calidad… Pero supongo que, si una obra de arte nos muestra algo conocido de manera distinta, nos hace sentir algo que deberíamos haber sentido desde el principio o nos enseña a ver con más claridad nuestro lugar en el mundo, quizá pueda considerarse buena. Si nos hace mejores personas, quizá es lo que le da valor”.

Reflexiona Theo: “Tampoco sé si tengo una respuesta. Que no sea esta. Puede que no tenga demasiado sentido, pero para que algo sea bueno, bueno de verdad, debe llevar amor dentro. Ni siquiera estoy muy seguro de qué significa eso, pero cuando más mayor me hago, más convencido estoy. Tiene que haber amor por el regalo en sí, amor por el sujeto retratado o la historia contada, y amor por su público. Ya se trate de escultura, de agricultura, de educación, de leyes, de medicina, de música o de criar a un niño, si no hay amor, si el amor no está en su centro mismo, podrá ser primoroso, comercial o popular, pero dudo de que sea verdaderamente bueno. Nada es lo que debe ser si no gira alrededor del amor”.

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