EL VENDEDOR DE TABACO

0
34

El vendedor de tabaco, editado por Salamandra y traducido del alemán por Ana Guelbenzu, es el tercer libro que leo de Robert Seethaler, los anteriores fueron Toda una vida y El campo.

Robert Seethaler, además de escritor es actor y guionista. Quizá por eso sus libros no se extienden en largas disquisiciones filosóficas más o menos embrolladas, sino que presentan con sencillez personajes corrientes asociados a determinados paisajes bellamente descritos que se visualizan sin dificultad.

Lo que sí me parece destacable en la forma de escribir del autor austriaco, es que los personajes principales de las tres novelas que he leído poseen una enorme honestidad moral.

Esto puede aplicarse a Franz Huchel, un joven de 17 años, de manos delicadas que no han conocido el trabajo duro, propio de los pescadores del lago a cuya orilla vive con su madre, que es enviado por ésta a Viena. En la ciudad trabajará como aprendiz de estanquero, ya que un amigo de la mujer regenta allí un estanco que el Gobierno le otorgó como compensación por haber perdido una pierna combatiendo en la 1ª Guerra Mundial.

El estanquero, serio y de pocas palabras, introduce al muchacho en el oficio, haciéndole leer los distintos periódicos que reciben para que pueda informar a la clientela y, de igual modo, ayudándole a memorizar las características y el origen del tabaco que venden, en especial los puros.

La clientes del estanco son personas de clase media, algunos de ellos judíos. Destaca Sigmun Freud, bastante viejo ya, aficionado a los puros y famoso por ser, según expresión del joven al que causa una gran impresión, “el médico de los locos”.

Toda la primera parte del libro podría considerarse como “novela de aprendizaje”, reflejada muy bien en las postales de Viena que escribe a su madre y que ella contesta con una postal de los lugares que dejó atrás.

El descubrimiento de Franz Huchel de la gran ciudad, en contraste con su lejano pueblo, el habituarse al nuevo trabajo, la convivencia con el estanquero, los conflictos mentales característicos de un adolescente y, sobre todo, la vivencia del sentimiento amoroso cuando conoce en una feria a Anezka, una muchacha tres años mayor que él que trastoca por completo su existencia y le hace recurrir a la ayuda de Freud que, con poca experiencia en esos lances, ve en la espontaneidad y devoción del joven, más que a un paciente al que tratar, un acompañante de corazón limpio, al que, dadas sus propias circunstancias, es complicado aconsejar, aunque le habla del psicoanálisis y de la importancia de los sueños.

Poco a poco el ambiente del libro se enrarece. Estamos en 1937. en las calles de Viena cada vez cobran más importancia las ideas de Hitler y del nacionalsocialismo. Los periódicos se hacen eco de todo ello. Aparecen noticias relacionadas con los judíos. El estanquero, patriota austriaco y conocedor de los desastres que trae consigo la guerra, toma partido.

En marzo de 1938, Hitler convierte Austria en una provincia más del Tercer Reich. La relación que mantienen Frank y Freud se interrumpe abruptamente.

Termino la reseña con la reflexión que el profesor deja al joven antes de su partida, cuando él le expone su desconcierto ante lo que está sucediendo en su entorno y señala que, por el contrario, Freud “sabe muy bien adónde va”:

“La mayoría de los caminos me son conocidos de algún modo. Pero en realidad nuestro destino no es conocer los caminos. Nuestro destino es precisamente no conocerlos. Llegamos al mundo no para encontrar respuestas, sino para formular preguntas. El hombre deambula con sigilo por una oscuridad constante y, con suerte, ve encenderse una luz. Sólo con mucho esfuerzo, perseverancia o necedad, o en el mejor de los casos con todo eso junto, se puede dejar aquí y allá una señal”.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here