Rocío, una de las encargadas de la biblioteca de Ibi, me recomienda el libro que hoy traigo a Opticks. Es una recomendación que hace a partir de los comentarios que ha obtenido de los muchos usuarios de la entidad que lo leyeron, aunque dice que no es su caso; pero el estado del volumen que me entrega demuestra, eso sí, que ha sido muy utilizado.
El libro se titula Presentes, su autor es el escritor valenciano Paco Cerdà y está editado por Alfaguara.
En bastantes ocasiones he comentado la importancia que doy al “ritmo” en la narración. Mis muchas horas de lectura determinan que sólo las primeras páginas de una obra literaria me permitan distinguir un ritmo que contribuirá a que la valoración que pueda hacer de dicha obra sea o no positiva.
Paco Cerdà consigue ese ritmo desde el primer párrafo de Presentes.
“Las luces se han apagado. Y ahí está él. Presente.
El Fundador, el Profeta, el Ausente.
El Maestro, Glorioso Mártir, César eterno.
El Héroe Nacional, Figura de la Raza, Primero de los Caídos.
La muerte que vive, Novio de España, Artífice del Imperio.
El Elegido, Genio Creador, el Nunca Muerto.
Está ahí, yacente frente al altar, orlado de nombres pomposos, rehén de unos laureles que alejan y mortifican. Y sin embargo, perforando la neblina de este amanecer marino que arrulla Alicante entre volteos tristes de campana, en las calles agitadas por la muchedumbre y dentro de esta iglesia sólo resuena un nombre humilde, común, pequeño: José Antonio”.
Porque Presentes narra el traslado a hombros de falangistas de los restos de José Antonio Primo de Rivera desde el cementerio de Alicante, lugar en el que fue enterrado tras su fusilamiento a los 33 años por un pelotón de ocho milicianos anarquistas.
Un traslado que se inició en Alicante el 20 de noviembre de 1939 y concluyó el 30 con la llegada al monasterio de El Escorial, en cuya basílica se había preparado una nueva tumba a los pies del altar mayor.
Durante once días y diez noches, el cortejo fúnebre avanzará por ciudades, pueblos y campos devastados por la guerra, entre hogueras, escarcha, brazos enhiestos, rezos y cánticos patrióticos, mientras las personas que contemplan por curiosidad, obligación o fervor la comitiva soportan los estragos de una posguerra en la que el hambre, el miedo y la venganza hacen más oscuros y desolados los paisajes.
Explica Paco Cerdà, cuyo bisabuelo que, al parecer, pertenecía a la FAI, fue fusilado en 1943 en las tapias del cementerio de Paterna, que para escribir el libro, además de reunir una exhaustiva documentación, realizó el mismo recorrido de 467 kilómetros que en 1939 hicieron los falangistas.
Paralelamente, día tras día y kilómetro a kilómetro, que la explicación de ese recorrido, el autor presenta multitud de historias que protagonizan los derrotados, muchos de ellos en la cárcel, otros en campos de concentración del exilio, en trabajos forzados, escondidos, a punto de ser fusilados…
Represaliados de todas las clases sociales: políticos, militares, maestros, jornaleros, campesinos, oficinistas, amas de casa…, que protagonizan historias sórdidas y terribles.
Hombres y mujeres que los vencedores, a pesar de pertenecer al mismo país y tener más elementos de unión que de separación, situaron para su desgracia en el lado incorrecto de la historia.
Algunos de los casos de esas personas son muy conocidos: Antonio Machado, Miguel Hernández, Elena Fortún, Miguel de Molina…, otros no tanto. El autor ha ido recuperando sus vidas del pasado con ayuda de libros y documentos procedentes de amigos, de historiadores y de archivos encontrados en los distintos pueblos recorridos. Toda esa documentación la señala al final de Presentes y me parece de gran interés para el lector.
Luego está la figura del protagonista de esta historia macabra: José Antonio Primo de Rivera, huérfano de madre desde niño y admirador de la figura de su padre, el general Miguel Primo de Rivera, muerto en el exilio. Abogado de profesión, culto, atractivo, brillante orador, católico, idealista, seguidor al principio de las ideas de Benito Mussolini, fundador junto a Alfonso García Valdecasas y Julio Ruíz de Alda de la Falange, un partido político que en las elecciones de 1936, que ganó el Frente Popular, sólo obtuvo 45.000 votos, pero de cuya ideología se aprovechó tras la Guerra Civil Francisco Franco, que convirtió a un hombre con el que nunca se llevó bien, en un mito, con esa política necrófila que, al parecer, es capaz de movilizar a un buen número de personas.
Paco Cerdá no habla mal de José Antonio. Ha leído todos sus escritos y tal vez por esa razón, al igual que Indalecio Prieto, desde su exilio en México, con los documentos de José Antonio que se llevó de España delante, lamentaba una muerte que él intentó evitar, pensando que se trataba del único hombre que hubiese podido tender un puente entre ambos bandos, también desee quedarse, y que nos quedemos, con las palabras que reproduce del testamento que José Antonio escribió en la cárcel pocos días antes de morir: “Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia”.








