El libro que hoy traigo a Optiks, que creo muy adecuado para conmemorar el Día de la Madre que se celebrará el próximo domingo, es el cuarto que leo de la escritora irlandesa Maggie O’Farrell. Los anteriores fueron Hamnet (2020), El retrato de casada (2022) y La distancia que nos separa (2004).
El que acabo de leer esta semana lo publicó en el año 2010. Interesa desde la primera página. Se titula La primera mano que sostuvo la mía, lo edita Libros del Asteroide y está traducido por Concha Cardeñoso.
Al igual que en los tres anteriores, aquí también sobresalen los personajes femeninos.
Destacan, por encima del resto, dos mujeres jóvenes: Alexandra (Lexie Sinclair) que vive en una casa en Gran Bretaña, justo en la frontera entre los condados de Devon y Cornwall, a mediados de los años cincuenta; y Elina, que muchos años después despierta en la cama de su vivienda en Londres con una serie de imágenes desasosegantes en la cabeza que alteran la percepción del entorno e impiden que recuerde los acontecimientos vividos en los últimos cuatro días, tras dar a luz a un niño en una complicada cesárea.
Los capítulos protagonizados por estas dos mujeres, perfectamente caracterizadas, se van alternando hasta el final del libro, cuando la trama creada por Maggie O’Farrell culmina con la confluencia de ambas historias en un impactante final.
Junto a Lexie, desempeña un papel importante Innes Kent, editor de una revista de arte que introduce a la joven en los ambientes bohemios del Soho.
Por su parte, al lado de Elina está Ted, el padre de su hijo.
Ted incorpora a la narración algo muy característico de Maggie O’Farrell: el misterio de un pasado que vislumbra en sueños e imágenes mentales repentinas e incomprensibles que le preocupan y para lo que no tiene respuesta.
He hablado antes del Día de la Madre porque esa primera mano que da título al libro es precisamente la mano de una madre.
Maternidad que las protagonistas viven de distintas maneras. Ninguna oculta los trastornos y preocupaciones que la llegada de un bebé trae consigo: falta de sueño, necesidad de atención continuada hacia el recién nacido, cambios de todo tipo en la vida social y personal, problemas médicos y económicos, etc.
Pero, por encima de cualquier trastorno, de sinsabores y preocupaciones está el amor que surge ante el milagro de una nueva vida, ante ese ser frágil y vulnerable que depende por entero de cada una de ellas.
En el libro, ese amor se manifiesta de muchas maneras. Maggie O’Farrell las resume así:
”Nos cambia la forma del cuerpo. Compramos zapatos de tacón bajo, nos cortamos la melena. Empezamos a llevar en el bolso galletas mordisqueadas, un tractor de juguete, un muñeco de plástico. Perdemos el tono muscular, el sueño, la razón, la perspectiva. El corazón empieza a vivir fuera de nuestro cuerpo. Ellos respiran, comen, gatean y…¡hala!, andan, empiezan a hablar con nosotras. Aprendemos que a veces hay que andar a pasitos cortos, pararse y mirar con atención cada palo, cada piedra, cada lata aplastada del camino. Nos acostumbramos a no llegar a donde queríamos ir. Aprendemos a zurcir, tal vez a cocinar, a poner rodilleras en los pantalones. Nos acostumbramos a vivir con un amor que nos inunda, nos ahoga, nos ciega, nos controla. Vivimos”.
Sí, “vivimos”. La maternidad resumida en un verbo.








