LA CASA LIMÓN

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La casa limón, obra que hoy traigo a Optiks, es la primera novela de la escritora rumana afincada en España Corina Oproae. La publicó en el año 2024 y recibió por ella el XX Premio Tusquets Editores de Novela.

La verdad es que después de leer La voz en la maleza de Mercé Romero y El libro de las hermanas de Amélie Nothomb, cuyas protagonistas principales son niñas que relatan su historia, la forma de narrar de la protagonista de La casa limón, una niña también, me ha despistado un poco.

No recuerdo cuántos años tengo, pero sí que vivo debajo de una gran mesa de madera, en un castillo infinito, cuyos muros están hechos de libros”.

Posteriormente, al investigar sobre la autora, he descubierto que ha cultivado siempre y con éxito notable la poesía. Quizá sea esa la razón de la complejidad, impropia de una niña, que me ha parecido observar al inicio de la lectura.

Añado, como explicación añadida a la posible complejidad observada, que la narración no es del todo lineal y que los sueños ocupan un lugar predominante en ella.

En conjunto, se trata de un ejercicio de memoria, de poner por escrito acontecimientos y sensaciones que afectaron con intensidad la vida de la protagonista sobre todo a lo largo de la infancia y la pubertad en la Rumanía de los años 80, durante la dictadura de Ceausescu, cuya caída coincide con la llegada a la universidad de la joven.

El primer recuerdo de esa funesta etapa es la desaparición, por orden de las nuevas autoridades que prohíben la propiedad privada, de la “casa limón”, vivienda familiar que la niña bautiza de ese modo por el color en el que está pintada.

No he ido al colegio. Papá me ha llevado a ver cómo unas máquinas gigantescas llamadas excavadoras reducían a escombros nuestra casa y la de nuestros vecinos… Los que en nuestro país se preocupan por la gente nos la han cambiado por un piso en un bloque de color gris que papá detesta… Me desprendo con dificultad de la mano de mamá y me agarro a la pierna de papá, que está peleando con la máquina que engulle y luego vomita a trozos nuestra casa amarillo limón. Papá y su hermano la pintaron hace dos veranos”.

El segundo recuerdo es otra desaparición, la de un chico nuevo que se ha incorporado a su clase y rompe, al golpearlo con una manzana, el retrato del Gran Dirigente que preside el aula. “Al día siguiente, el chico nuevo no vuelve a clase. Lo busco por los pasillos, intento ver si está en alguna de las clases paralelas, pero no hay rastro de él. Me persiguen sus ojos y su gemido ausente, pero no me atrevo a preguntar nada. No puedo dejar de pensar en él mientras sueño con devorar todas las manzanas que quedan en la caja que trajimos de casa del tío hace apenas unos días.

Así, de forma paulatina, se suceden las desapariciones. El padre enferma y es preciso enviarle a casa de su hermano para que le cuiden, porque el trabajo de la madre en un hospital impide esa atención. La niña piensa que ha sido ella la que ha provocado la enfermedad de su padre sin querer. Él le había prometido que la libraría de cualquier dolor, porque conoce la magia de apropiárselos, y ella, que ha sufrido la picadura de una abeja en la nuca, cree que ha cumplido su promesa.

La madre enferma también y ahora son los abuelos los que acogen a la pequeña en la casa del pueblo. Allí los vecinos la consideran “rara” por ser de ciudad en una Transilvania rural en la que perviven supersticiones y costumbres ancestrales y en la que en varias ocasiones se enfrenta con la muerte de familiares y otros sucesos traumáticos.

Todo ese conjunto de recuerdos y sensaciones: olores, colores, texturas, experiencias, sueños, costumbres… nos lo hace llegar Corina Oproae en La casa limón mezclando en muchas ocasiones lo onírico con lo poético, en un relato intenso en el que subyace en todo momento la crítica de lo vívido, los libros desempeñan un importante papel y la muerte prevalece, en general, sobre la vida.

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