Mientras leía el libro que hoy traigo a Opticks, que se titula Oxígeno, su autora es Marta Jiménez Serrano y está editado por Alfaguara, pensaba en lo que opina una amiga y gran lectora sobre las obras autobiográficas: no las considera literatura. Así, sin más.
He intentado rebatir su opinión citando obras autobiográficas que me parecieron excelentes: Ordesa de Manuel Vilas, El jardín de la memoria de Lea Vélez, Una mujer de Annie Ernaux por citar sólo algunas.
Ella insiste en que contar la propia historia sin dejar nada a lo que llama “imaginación y creación literaria personal”, aunque sirva al autor como terapia, sólo tiene, al margen del valor terapéutico, el que puede otorgar el hecho de haber aprendido a escribir más o menos bien.
Por supuesto, deja fuera de su excluyente calificación aquellos ensayos que, junto a cuestiones históricas, sociológicas, políticas, etc. incluyen vivencias del propio escritor; como Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz, Estambul de Orhan Pamuk o El mundo de ayer de Stefan Zweig, entre otros de lo más diverso.
Insisto en que la lectura de Oxígeno me ha hecho recordar las opiniones de mi amiga y, en cierto modo, le he dado la razón.
“Para narrar hay que ordenar -sintaxis, del griego clásico, ‘ordenar’-, y no hay otro modo de contar esto que no sea poniendo una palabra detrás de otra, una escena detrás de otra. Pero sepa el lector que toda ilusión de sentido es una fantasía”.
Lo anterior lo escribe Marta Jiménez Serrano en la página 122 de su libro. Hasta aquí ha narrado una y otra vez un suceso traumático acaecido en el piso que alquiló junto con su pareja, cuando el mal funcionamiento de una caldera de gas colocó a ambos al borde de la muerte, al inhalar el monóxido de carbono que la caldera desprendía.
El piso lo habían alquilado, tras muchas vueltas y revueltas, a una mujer, la arrendadora, que vivía en Estados Unidos y nunca se preocupó de cómo estaban las instalaciones de la vivienda, pese a que no le llegaban recibos de la compañía de gas.
La historia contada en Oxígeno se inicia el sábado 7 de noviembre de 2020, cuando Marta, aturdida por el monóxido de carbono respirado, va al cuarto de baño y cae desplomada. Allí la encuentra Juan, su pareja, que había salido a comprar un momento y el monóxido no le afectó tanto.
Juan llama a emergencias, llegan los especialistas del SUMMA, trasladan a los dos jóvenes al hospital, cada uno en una ambulancia y, poco a poco, con las atenciones necesarias, se recuperan.
El haber estado a punto de morir, provoca que Marta acuda a un terapeuta y que años después publique este libro contando la experiencia traumática sufrida y cómo la vivió entonces.
El problema, y aquí está lo de “dar la razón a mi amiga”, es que el orden en la narración de Marta es ilusorio, “una fantasía” que cansa por lo repetitiva y no aporta nada al lector.
La escritora narra sin orden ni concierto, de diversas maneras una vez y otra lo sucedido. Añade datos científicos y experiencias familiares, algunas relacionadas con enfermedades y muertes que vivió, pero da la impresión de que lo hace con el objetivo de aumentar el número de páginas.
Tampoco los conocidos problemas que tienen los jóvenes para encontrar una vivienda adecuada o la irresponsabilidad de la arrendadora sirven para dotar de enjundia, más allá de su personal valor terapéutico, a un libro que, como ocurre en bastantes ocasiones y por razones del todo admisibles, las editoriales publican, aprovechando la fama que el buen hacer del escritor o escritora ha obtenido en obras anteriores, para alcanzar un elevado número de ventas.







