A cualquier persona que haya visto morir a un ser querido, no debería resultarle indiferente el libro que hoy traigo a Opticks. Se titula El jardinero y la muerte, su autor es el escritor búlgaro Gueorgui Gospodinov, lo edita Impedimenta y lo ha traducido María Vítova.
“En El jardinero y la muerte, Gueorgui Gospodínov nos sumerge en los interminables meses durante los que, día tras día, vio cómo se iba apagando la vida de su padre… Entre los campos de fresas de la infancia y el inevitable adiós, teje un relato íntimo sobre el duelo y la memoria. ¿Cómo se despide una vida en sus últimos días? ¿Cómo se enfrenta un hijo al derrumbe del héroe que lo protegió? ¿Y cómo afrontamos la ausencia de quienes nos hicieron ser como somos?
El problema es que las preguntas anteriores, que aparecen en la contraportada del libro, creo que son comunes a las que nos hacemos los que hemos vivido la muerte de un padre, de una madre, de un hermano, de un esposo.
Es la razón por la que esta obra resulta en muchos casos perturbadora y has de hacer un esfuerzo para alejar las propias vivencia, centrarte en las del autor y en la especial manera de expresarlas, algo que hace con un innegable sentimiento filial y poético a la vez.
“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”. Esa frase sólo podía proceder de una persona con enorme sensibilidad y la capacidad de decir mucho ahorrando palabras.
La vida del padre de Gueorgui Gospodínov en la Bulgaria comunista y tras el derrumbe del sistema soviético fue difícil. También en este caso esa dificultad se expresa con palabras medidas y elocuentes.
Tras describir los distintos proyectos emprendidos por su padre tras la caída del Muro en 1989 para intentar salir adelante, al perder como tantos su trabajo, y fracasar en todos los que emprende, el escritor explica: “Hacía todo lo que se suponía que había que hacer, pero al final no conseguía nada. Lo cual era más bien un síntoma de aquellos tiempos bastante turbios que de ineptitud por su parte”.
Porque nuestros padres son nuestros héroes en la mayoría de los casos y el derrumbe de un héroe que se resiste a caer conmueve en lo más hondo. “De repente, la persona a tu lado, cuya presencia has dado por inalterable, empieza a brillar con su mortalidad, se vuelve traslucida y frágil”.
Una fragilidad que no te esperas, que intentas ocultar bajo un derroche de atenciones mecánicas y acciones tras las que intentas, quizá sin ser demasiado consciente de ello, esconder el miedo al dolor, a la pérdida, a la ausencia.
En el caso del libro, el escritor, ya muy reconocido y valorado, viaja a diversas zonas en pos de sus tareas literarias y se aleja del padre, que, tras la primera crisis, parece haber vencido la enfermedad, se dedica de nuevo al jardín y tranquiliza al hijo que se marcha, diciéndole: “No lo dudes, nada que temer, yo seguiré aquí”.
Seguirá en el lugar que le deparó el triunfo no conseguido con ninguno de sus proyectos laborales. Seguirá en el jardín, motivo de su orgullo más completo como cultivador y como padre, que comparte con sus dos hijos lo obtenido por fin. Superada una etapa vital itinerante, aunque siempre ahuyentase junto a ellos y su esposa el desánimo y la tristeza, hasta lograr el jardín en el que florecerán los bulbos de tulipanes holandeses que llevaba consigo y no pudo plantar, porque las circunstancias políticas obligaron a la familia a cambiar varias veces de vivienda y a las que les adjudicaban no llegaba el sol.
“Había de todo en ese jardín: los viejos tulipanes holandeses que transportaba consigo, rosas y peonías, geranios, dalias, narcisos, violetas blancas y azules, maravillas, calas, hileras con tomates creciendo sin parar, los surcos con pimiento morrón verde y rojo, patatas, berenjenas, garbanzos, judías, calabacines, ajetes, cebollas…, y todo ello nacía de sus manos”.
Está claro que El jardinero y la muerte es todo él una manifestación del amor y la admiración que Gueorgui Gospodínov siente por su padre, pero también al contrario, porque el amor y la admiración son mutuos y el padre lo manifiesta de muchas formas, con sus anécdotas y sus silencios.
No lo educaron para expresar de forma clara la ternura, no hubo besos y abrazos en su infancia. Sin embargo su bonhomía, su manera de ser que nunca se arredró con los fracasos, el orgullo que siente por su esposa y sus hijos, el cuidado con el que ha mantenido y transmitido a los suyos las tradiciones familiares: “Espero vivir para el día de San Jorge, repetía mi padre, para que podamos reunirnos”.
Todo esto lo expresa de forma magistral el escritor búlgaro en un relato que no es lineal, va y viene de atrás adelante y de adelante atrás, como hacemos cualquiera de nosotros con la imaginación ante conversaciones, fiestas, fotografías, situaciones, objetos, sabores, libros, músicas, paisajes y hasta siluetas que en la lejanía nos aproximan a los que se fueron
“Aquí donde estoy, una fina lluvia primaveral cae sobre los campos. Una tenue niebla cubre la colina. Si quisiera podría ver a mi abuelo y a mi padre vadeando la hierba que les llega por la cintura, bajando la ladera. Resuenan los cencerros invisibles de vacas y ovejas. En alguna parte, oculto entre los árboles, canta el cuco trascendental y liviano. No hay nada que temer”.







