Hace unos días me recomendaron el libro que hoy traigo a Opticks y que he leído con enorme interés, por tratarse de la recomendación de alguien muy querido y porque su autora, a la que no conocía, reflexiona sobre la condición femenina, poniendo de manifiesto aquello que la determina, sus principales características y su manera de estar en el mundo.
“Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos, de sus células y neuronas, de sus heridas y entusiasmos, de sus amores y desamores. Una mujer es inevitablemente la historia de su vientre, de las semillas que en él fecundaron, o no lo hicieron, o dejaron de hacerlo, y del momento aquél, el único en que se es diosa. Una mujer es la historia de lo pequeño, lo trivial, lo cotidiano, la suma de lo callado. Una mujer es siempre la historia de muchos hombres. Una mujer es la historia de un pueblo y de su raza. Y es la historia de sus raíces y de su origen, de cada mujer que fue alimentada por la anterior para que ella naciera: una mujer es la historia de su sangre.
Pero también es la historia de una conciencia y de sus luchas interiores. También una mujer es la historia de su utopía”.
El libro se titula Antigua vida mía, su autora es la escritora chilena Marcela Serrano, está editado por Algaguara, y el párrafo anterior resume perfectamente lo que Marcela Serrano explica en él sobre las protagonistas del mismo.
Estas protagonistas son sobre todo dos: la arquitecta Violeta Dasinski y la cantante Josefa Ferrer, amigas desde que sus respectivas familias las matricularon en un colegio de “clase alta” en el que, por diversas razones, ninguna de las dos encajó demasiado.
En la intención de las familias al matricular a las niñas en ese colegio está uno de los condicionantes a los que antes me he referido, “la historia de su sangre”.
Otro condicionante reside en el ambiente familiar en si: las madres respectivas. Cayetana, madre de Violeta, ha sido educada en un clima de libertad e igualdad en el que se valoraba la cultura y no se tenían en cuenta las diferencias sociales.
A Marta, madre de Josefa, lo que más le interesa es que su hija triunfe en una sociedad en la que ella se sintió relegada.
Esa valoración de la cultura, de la literatura, del saber en conjunto, determinan los dos matrimonios de Violeta, el segundo con Eduardo, un escritor bastante mayor al que admira, pero que la humilla como mujer y la maltrata, de tal modo que, en una circunstancia extrema, para defender a su hija, le pega un tiro nada más empezar el relato.
Así que es Josefa, casada también en segundas nupcias con Andrés, un prestigioso abogado, la encargada de contar la historia de ambas, a partir de sus propios recuerdos y de unos cuadernos que su amiga escribió durante años.
Son cuadernos en las que ocupa un lugar importante la poesía, “la poesía es la única prueba de la existencia del hombre”, apunta la escritora, mientras profundiza en la relación de amistad mantenida por las dos mujeres, en los miedos, las necesidades, los temores, más acentuados en Josefa que en Violeta, que ha de medicarse para salir al escenario sin que pueda faltar ningún detalle ni en su atuendo ni en el entorno, preparado para alcanzar una perfección que le proporcione la seguridad de la que carece, a la que contribuye la presencia de su amiga y de su esposo.
Esa necesidad de perfección, que brota de la propia inseguridad, provoca que Josefa esté siempre centrada en ella misma, descuidando a su marido, a sus hijos y hasta a Violeta, que le recrimina esa actitud perniciosa sin resultado, hasta que el asesinato de Eduardo provoca la catarsis.
Además de la historia de estas mujeres y de las que las precedieron e influyeron en sus respectivas vidas, incluyendo a mi admirada Violeta Parra, en Antigua vida mía se habla también de política, de los sueños de una generación de izquierdas que despertó con brusquedad de su utopía.
Se habla de mestizaje, el abuelo de Josefa era un andaluz que, al igual que otros españoles, buscó refugio en Chile tras la Guerra Civil. Se habla de paisajes, alimentos, olores y colores; no tanto de Chile como de Guatemala, en especial de Antigua, ciudad a la que se traslada a vivir Violeta al ser absuelta con ayuda de Andrés.
“Violeta vive en la Sexta Calle Oriente, pero en la ciudad todavía la llaman por su nombre original: la Calle de los Peregrinos. Es una antigua casa colonial, de muros ocres, cerrada hacia afuera, enorme y colorida hacia adentro. Al que entra lo asaltan, inesperadamente, amplios espacios, empezando por el clásico jardín: flores de todos los colores, plantas exuberantes que no conocemos ni de nombre en nuestro sur lejano, pasto muy verde y algún árbol grande en un costado, en este caso un cedro”.
Termino la reseña de Antigua vida mía con el poema de una poetisa norteamericana citada ampliamente en el libro: Adrienne Rich.
Creo que es un buen final para homenajear a una escritora que sabe ahondar en el mundo de lo femenino con la profundidad y la maestría con que lo hace Marcela Serrano.
Puesto que no somos jóvenes, las semanas tienen que contar
por los años que nos perdimos. Así y todo, sólo esta distorsión
peculiar del tiempo me dice que no somos jóvenes.
¿Acaso a los veinte alguna vez caminé por la calle a la mañana
con los miembros flameando de la más pura alegría?
¿O me incliné desde mi ventana sobre la ciudad
a escuchar el futuro
con los nervios afinados como para escuchar tu llamada ?
Y vos, vos te acercás a mí con la misma cadencia.
Tus ojos son inmortales, la chispa verde
del lirio a principios del verano,
el berro verdeazul que lavó la primavera.
A los veinte, sí: pensábamos que íbamos a vivir para siempre.
A los cuarenta y cinco, quiero conocer incluso nuestros límites.
Te toco sabiendo que no nacimos ayer,
y de algún modo, cada una va ayudar a la otra a vivir,
y en algún lugar, cada una va a ayudar a la otra a morir









