“Como todos los seres humanos, a lo largo de su vida había abrigado en su interior ilusiones y sueños. Algunos los cumplió por sí mismo, otros se los regalaron, otros le resultaron inalcanzables… Pero él seguía ahí. Y cuando los primeros días tras el primer deshielo caminaba por la mañana sobre el rocío de los prados empapados delante de su cabaña y se apoyaba en una roca plana de las muchas diseminadas, notando la piedra fría en la espalda y en la cara los primeros rayos cálidos del sol, tenía la sensación de que no le había ido tan mal”.
El libro del que he extraído, con alguna pequeña modificación, este párrafo, tiene 139 páginas, se titula Toda una vida, lo ha escrito Robert Seethaler, está editado por Salamandra y traducido del alemán por Ana Guelbenzu.
El protagonista de esa vida, que piensa no ha sido tan mala, se llama Andreas Egger. A punto de cumplir cuatro años, en 1902, antes de morir de tuberculosis, su madre le pone bajo la protección de un cuñado, que se queda con el dinero que ella le da para esa protección y conduce al pequeño hasta su granja, situada en una aldea perdida en los Alpes.
En la granja, su tío le hace trabajar sin descanso y le trata con brutalidad, hasta el punto de fracturarle una pierna en uno de los golpes que le da con una vara de avellano preparada a tal fin, lo que le origina cojera permanente.
A los dieciocho años, liberado del control de su tío, al que se enfrenta ante un nuevo castigo, Andreas, abandona la granja.
“Era un tullido, pero estaba fuerte. Arrimaba el hombro, exigía poco, apenas hablaba y aguantaba tanto el calor en el campo como el frío gélido en el bosque. Aceptaba cualquier tarea y se empleaba a conciencia y sin rechistar”.
De ese modo, consiguió reunir suficiente dinero para comprar un pequeño terreno en la montaña y hacer en él un huerto y una cabaña rudimentaria.
Cuando el progreso llega a la aldea con la construcción de un telesférico, la fuerza y capacidad de trabajo del joven logran que el encargado de la obra no tenga en cuenta su cojera y le contrate, lo que le lleva a conocer aún mejor unas montañas que aprecia y en las que se siente bien aunque siempre está solo.
Una soledad que termina con la llegada de Marie, que trabaja en la posada y acepta vivir con él en la cabaña y hacer planes de futuro juntos.
El paisaje de nieves perpetuas, el progreso, el amor, la Segunda Guerra Mundial, la muerte (muy presente en el libro), van conformando la existencia de Andreas Egger hasta que ya, octogenario, reflexiona sobre lo vivido en el párrafo citado al principio.
Toda una vida es un libro sobrio de enorme humanidad y belleza en el fondo y en las descripciones.
La narración, en tercera persona, de manera no siempre lineal, pero con estudiados adelantos y retrocesos, resume magistralmente y en pocas páginas la historia de un hombre, cuya complejidad serviría para escribir una obra voluminosa.
Es la maestría del escritor austriaco, como sucede a veces en obras breves y geniales, la que nos hace apreciar en su totalidad y plenitud la vida de Andreas Egger, un ser humano que, tras todas las tragedias que le tocó vivir e iremos conociendo a lo largo del libro, es capaz de mirar serenamente atrás y pensar que tampoco lo suyo fue tan malo.








