AGUA Y JABÓN (Apuntes sobre elegancia involuntaria)

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Nací en Terrassa y vi el canto del cisne de la industria textil, la transformación de las máquinas de vapor y las colonias industriales en reliquias turísticas, aparcamientos o pisos.

A pesar de las alusiones a la desaparición de la industria textil que aparecen en las líneas que acabo de copiar, mis razones para elegir el libro de hoy no son económicas sino sentimentales. Una parte muy querida de mi familia reside en Terrassa y, durante un tiempo, pasaron las vacaciones en Calafell, coincidiendo también en esto con la autora, cuyos padres adquirieron una vivienda en esa localidad tarraconense.

El libro, adornado con abundantes fotografías en consonancia con el contenido, se titula Agua y jabón (Apuntes sobre elegancia involuntaria), está editado por Anagrama y su autora es Marta D. Riezu.

Se puede entender por lo escrito hasta ahora que no conocía a Marta D. Riezu; algo que debe ocurrir a todos los que como yo no frecuentan las redes sociales, ya que esta mujer tiene una gran presencia en ellas, merced a sus colaboraciones como periodista experta en cine, música, moda y televisión en periódicos y revistas  (El País, El Mundo, La Vanguardia, Telva o Vogue, entre otros muchos medios).

Marta D. Riezu ha publicado dos libros, el que hoy traigo a Opticks y un anterior que tituló La moda justa, en el que ofrece alternativas para vestir con ética y hackear de manera elegante a los lobbies de la moda; elegir bien y comprar poco es uno de sus preceptos.

En Agua y jabón Marta D. Riezu habla desde su experiencia en los más variados campos; lo hace aportando una enorme cantidad de información (es observadora y viajera), sin ningún tipo de cortapisas, con comentarios positivos o negativos según le parece y un humor muy de agradecer en los tiempos oscuros que vivimos.

España es el quiero y no puedo, la cochambre con gracia, y también la elegancia involuntaria de la boina, el hórreo, la casa encalada, el castellano impasible sentado al fresco, la calle con geranios.

Habla de arquitectura, de pintura, de cerámica, de artesanía, de fotografía, de cine, de libros, de moda… Lo hace desde el conocimiento y la admiración por la belleza: Estar rodeado de belleza y trascendencia amplia el alma, cauteriza las heridas y educa la mirada.

Pero los comentarios y reflexiones de la autora catalana no se limitan a los campos citados, que seguro interesan a los expertos, también se refiere a sus padres y a su vida familiar, dando, a mi parecer, sin pretenderlo, una lección de humanidad y de cómo se debe educar (esto me interesa a mí): De niña me daba vergüenza que mis padres fueran viejos. No sólo viejos, sino antiguos. Me tuvieron con cuarenta años y los recuerdo siempre mayores. Ahora me doy cuenta de lo insólito de haber convivido con valores del siglo XIX en pleno siglo XX, y entrar a continuación en el XXI con la herencia de sus ideas.

Y más adelante, continuando con las referencias a su casa y a su familia: Una casa donde a la hora de comer, con puntualidad suiza, se apagaba la televisión. En la mesa no se permitía cantar, tamborilear ni decir palabrotas. No te daban atención continúa: había que distraerse solo y ganarse la escucha.

Una familia que sabía que sólo contaba con el esfuerzo, y quizá con algo de suerte. Una familia que te invitaba a repetir ”por favor” y “perdón” Quien lleva eso en las alforjas ya lo tiene todo para ir con viento favorable por la vida. Se ve al ir cumpliendo años. La rutina, el cobijo de la estabilidad, el equilibrio. Aprender a “estar” para años después poder “ser”.

Mientras leía Agua y jabón, valoraba cada vez más la forma de pensar de Marta D. Riezu, su cosmopolitismo; sus observaciones admirativas sobre las obras de multitud de autores, sin importar la procedencia, la lengua o, quizá, desde las perspectivas actuales, el inadecuado comportamiento.

Su elogio de la casa: La casa es nuestro rincón en el mundo, una extensión simbólica de la madre. No sólo es arquitectura, sino protección y recuerdos.

De la limpieza: La limpieza no tiene que ver con pasar el mocho, sino con el urbanismo orgánico: lugares de trabajo sanos, viviendas luminosas, agua del grifo de calidad, escuelas y hospitales bien diseñados, cuidado de la naturaleza dentro de la ciudad, calles limpias, actividad física al aire libre, etc.

Su aproximación al feminismo, que aparece al final del libro, explicado por la autora en una especie de diccionario particular en el que se ocupa de los términos y las personas que más le interesan: Mis modos de ser feminista: sospechar de todo lo fácil, servirme del trabajo para ganar respeto e independencia, no emparejarme a la brava, hacer buenas elecciones, no gastar dinero en marcas que perjudiquen a mis iguales, huir de Twiter y demás groserías, predicar con el ejemplo.

Al civismo: No ser pesado. Agradecer. No dar gato por liebre. Vivir la cultura como placer, no como obligación. Saberse poco importante y disfrutarlo. Respetar, conservar y dejar vivir.

A la dignidad: Unificadora, inviolable, abstracta y exigente: estar a su altura pide un compromiso moral de por vida. Completa su explicación con el apoyo de Javier Gomá, otro de mis autores favoritos: “Estamos abocados a la indignidad máxima que es la muerte. La insumisión contra nuestro destino funerario y sus miserias produce la compasión, la benevolencia, el arte, la ciencia, la técnica, la filosofía, en suma, la cultura, aquello que hace la vida digna de ser vivida”.

 

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