LOS AMNÉSICOS

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En la ciudad alemana de Mannheim, de donde es originario su padre, Géraldine Schwarz descubre que su abuelo Karl compró en 1938, a muy bajo precio, una empresa a sus propietarios judíos, los Löbmman, más tarde asesinados en Auschwitz. Tras la guerra, confrontado con un heredero que reclama una reparación, Karl Schwarz opta por la negación de sus responsabilidades como Mitläufer, es decir, aquellos que, como la mayoría de alemanes, «se dejaron llevar por la corriente». 

Éste es el breve resumen que acompaña al libro que hoy traigo a Opticks. Se titula Los amnésicos, su autora es la citada Géraldine Schwarz, está

editado por Tusquets y traducido del alemán por Nuria Viver Barri.

Géraldine Schwarz , de padre alemán y madre francesa, es periodista. El descubrimiento del pasado de su abuelo fue un buen aliciente para iniciar una exhaustiva investigación sobre la memoria y el colaboracionismo con los nazis en Alemania, Francia e Italia.

Lo hace con destreza, hurgando en la historia familiar sin ningún tipo de contemplaciones. Recuerda hechos y detalles que contribuyen a personalizar aún más el texto, como cuando se pregunta acerca de la procedencia de los lujosos muebles que guardaba la casa de sus abuelos alemanes.

En esa línea, es de gran importancia la opinión crítica de su padre sobre el pasado familiar, en contraposición a la de su tía que busca justificaciones a ese pasado.

Pero para llegar al cómo, la escritora investiga el porqué. ¿Por qué triunfó el nazismo del modo que lo hizo en Alemania? ¿Qué mecanismos psicológicos y sociales, en un contexto de crisis, conducen a un individuo y a una sociedad a sucumbir a los engranajes identitarios y a hacerse cómplices de crímenes por miedo, oportunismo, ceguera o indiferencia? Siempre se ha dicho que los castigos que las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial impusieron al país fueron determinante para que Hitler, ayudado por una eficaz propaganda, potenciará el papel de víctimas, adornándolo con un pasado glorioso por el que no merecían ser acreedores de semejantes cargas. Toda la comunidad debía reivindicar ese pasado y era preciso buscar culpables de la situación actual. Ahí estaban los judíos, no arios, perseguidos y vilipendiados desde los primeros tiempos de la historia.

Todo fue sobre ruedas, se eliminó a los detractores, y para los que quedaron, resultó sencillo mirar hacia otro lado; mejor aún si podían apoderarse de los bienes y posesiones de los deportados o asesinados.

Terminada la guerra, con Alemania dividida y destruida, a pesar del proceso de Núremberg, la sociedad alemana, traumatizada por lo sucedido y los desmanes cometidos por algunos de los vencedores, no fue capaz de reflexionar sobre su colaboración con el nazismo. Era preciso planificar la reconstrucción de la República Federal y muchos de los antiguos mandos ayudaron a Adenauer en ello.

Fue en los 60, con la Escuela de Frankfurt y el movimiento universitario cuando comenzó a cuestionarse el pasado nazi.

En los 80 se acentúa la polémica con dos corrientes: los que consideran que fue una respuesta a los crímenes de Stalin en la Unión Soviética y los que se enfrentan a esa justificación.

Lo bueno de esa polémica es que contribuyó a que se hiciese un honesto trabajo de memoria; y el riguroso análisis de lo acontecido, condujo a los alemanes a desconfiar de los extremismos, tanto de derechas como de izquierdas, y adquirir conciencia de la necesidad de lograr una sociedad civil fuerte.

Todo gracias  a la observación y estudio escrupuloso de uno de los ejemplos más logrados de manipulación y de ceguera colectiva de multitudes: el Tercer Reich.

Así que de los tres países analizados por Géraldine Schwarz  es Alemania la que llevó a cabo un proyecto de “desnazificación” más eficaz. Hasta el punto de que, durante el gobierno de Angela Merkel, una gran cantidad de alemanes acogió casi con entusiasmo a los que huían de la guerra en Siria; y es Alemania el país de la Unión Europea con un mayor número de refugiados.

Al igual que investiga los hechos acaecidos a lo largo del mandato de Hitler en Alemania, la periodista realiza la misma investigación durante la ocupación nazi en Francia e Italia. Sus conclusiones son decepcionantes, (sorprende el comentario que hace sobre la Resistencia) porque en ninguno de estos dos países se ha completado el análisis del pasado con espíritu crítico y constructivo.

Un eficaz trabajo de memoria, sin que sea devaluada por tácticas políticas, sino con la honradez personal e intelectual que lo hace Géraldine Schwarz en este libro, conduce a huir del totalitarismo de cualquier clase y condición que aplasta a las personas, niega su individualidad, las ciega, las manipula para fabricar un ejército de clones al servicio de una determinada idea.

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